El largo y doloroso camino de Carmen Frei: De mí se dijo que veía fantasmas e incluso que estaba medio loca

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Todo empezó esa calurosa tarde del 22 de enero de 1982 cuando Carmen Frei Ruiz Tagle vio como en las pantallas, de la pieza especialmente habilitada de la Clínica Santa María, las líneas que mostraban los latidos del corazón de su padre dejaron de mostrar sus latidos. Sólo vio una línea continua y escuchó ese sonido que no logra olvidar. El expresidente Eduardo Frei Montalva había muerto y lo hacía después de múltiples complicaciones posteriores a una operación simple de una hernia al hiato. Primero le dijeron que ésta intervención había sido “sucia” lo que derivó en continúas y cada vez más destructivas infecciones que dañaron su organismo hasta que no pudo resistir. Pero su muerte ocurrió en el momento preciso en que la oposición a la dictadura de Pinochet iniciaba tímidamente su proceso de reconstrucción en el que Frei aparecía como el líder. Carmen, muy conmocionada, se sintió inquieta. Algo no cuadraba. La exintegrante de la FECH en su época universitaria, regidora por Santiago antes del Golpe, dirigenta de la DC y cara visible de la oposición, activista de la causa de los Derechos Humanos, ex senadora en los 90 y actual Vicepresidenta de su partido, siempre fue vista como la heredera política de su padre cuya muerte le ha significado un Vía Crucis que aún no termina.

Una vez pasada la conmoción y con el dolor en su alma, Carmen Frei decidió iniciar un largo, duro y doloroso camino para despejar sus sospechas. Fue una lucha en solitario, en la cual siempre estuvo acompañada de su marido Eugenio Ortega (fallecido en 2013), ex diputado, dirigente DC y padre de sus 3 hijos. Investigaron, buscaron, hasta que encontraron algunos hilos, poco a poco desenredaron una madeja que escondía documentos, declaraciones, procedimientos y nombres de médicos, agentes que habían jugado un rol en esta conspiración muy bien diseñada y planificada por un equipo de inteligencia cuya cabeza reportaba a Pinochet. Ad portas de que se dicte sentencia en el proceso que solo pudieron iniciar el año 2002 , donde se pide condena como autores para el doctor Patricio Silva Garín; el agente Raúl Lillo; el chofer de la familia Frei, Luis Becerra; del doctor Pedro Valdivia como cómplice y de los doctores Helmar Rossemberg y Sergio González como encubridores, Carmen Frei se mantiene tranquila, emocionada por el apoyo que a diario recibe, pero firme en su inquebrantable voluntad que no descansará hasta que se haga justicia con todos quienes son responsables del primer magnicidio de la historia chilena

Después de 36 años ¿No estás cansada?

Miro hacia atrás y me parece imposible que haya pasado tanto tiempo y aún busquemos la verdad. Ha sido muy largo, con mucho dolor, pero para sanar hay que conocer a verdad. No sólo en el caso de mi papá, sino de todos los otros. Para algunos es fácil decir que demos vuelta la página, pero no es así. Durante estos años, he conocido a tantas familias que han sufrido y que aún esperan por la verdad, por eso no podemos dar vuelta la página.

La operación era simple y casi ambulatoria, pero de inmediato surgieron las complicaciones que no cesaron hasta su muerte. ¿Nunca sospechaste que podía haber algo más?

En diciembre llamaron a un amigo de mi papá y le dijeron “lo están envenenando”. Se fue a mi casa para contarnos y tuvimos la intención de sacarlo de la clínica, pero su estado era muy delicado y no se pudo.

-¿Qué decían los médicos?

Cuando mi papá volvió a la casa, se empezó a sentir muy mal y el 4 de diciembre lo internamos de nuevo. El doctor Patricio Silva Garín, su médico de cabecera reunió a toda la familia para informarnos que tenía una infección grave porque la primera operación había sido sucia y había que sacar de inmediato a quien era el responsable, el cirujano Augusto Larraín. Nos dijo que, a partir de ese minuto, él se haría cargo de mi papá. En el juicio, Silva ha formulado declaraciones contradictorias y ahora sostiene que siempre en las sucesivas intervenciones que le hizo después, se dio cuenta que la primera operación había sido exitosa. Nos engañó con un costo muy grande para el doctor Larraín.

¿Silva Garín era una persona de confianza para la familia Frei?

-Sí, fue Subsecretario de Salud del gobierno de mi padre y además era concuñado de Patricio Rojas, ex ministro y muy cercano a mi papá. No era amigo personal, pero por ser parte del gobierno lo conocíamos.

– ¿No sabían que era médico del Hospital Militar y que fue uno de los organizadores de un hospital montado en el Estadio Nacional y quien decidía a que presos podían seguir torturando?

No, para nada, lo supimos después. Conocer su historia ha sido uno de los golpes más duros que hemos tenido, una profunda desilusión y algo muy difícil de entender. Además, aparece involucrado en la muerte de José Tohá y del general Augusto Lutz, ocurridas en el hospital militar, como consta en esos procesos. Ahora se sabe que él decidía lo que pasaba en el Estadio Chile. Su hoja de vida del ejército está en manos del ministro Madrid.

-En un momento de lucidez, tu padre escribe un papel que dice “sáquenme de aquí”. ¿Te lo entregó a ti?

Fue el 8 de diciembre cuando entró a la segunda operación. Se lo pasó a uno de los médicos quien me lo entregó. Estábamos tan conmocionados que no había mucho tiempo de reflexionar. Pensamos que podía estar asustado por la operación. Hasta el 15 de diciembre costaba entrar a verlo a la UTI. Yo lo hacía cada vez que podía y en una ocasión lo vi muy desanimado, se sentía muy mal. Le dije que se recuperaría, que iríamos a Algarrobo. Me miró y me dijo que no saldría vivo de allí. Le traté de levantar el ánimo, pero no hubo caso. Después los médicos me preguntaron mucho sobre que habíamos conversado.

-¿Qué médicos?

Silva Garín particularmente y su equipo. Cuando les conté lo que lo que me había dicho siempre lo mantuvieron sedado, hasta el final. Sólo en una oportunidad que estaba rodeado de médicos y enfermeras, me saqué la mascarilla y mi papá me miró fijo. Sé que me reconoció. Fue casi al final.

-También has señalado haber visto movimientos en la clínica que te llamaban la atención.

A partir de aquella llamada de la que hablamos anteriormente, nos entró una desesperación bastante grande y con Eugenio, mi marido, revisábamos los papeleros de su pieza para ver si había algo extraño. Mi papá estaba en una sala especial. También organizamos turnos para que, en la noche hubiera siempre alguien delante de la puerta donde se entraba a la UTI. Éramos completamente ingenuos, porque hasta allí se puede ingresar por distintas dependencias y pasillos internos que desconocíamos.

El día de su muerte, ¿estaban todos con él?

Estábamos las 4 hermanas, mi hija María Paz y el sacerdote Miguel Ortega. Mi papá tuvo unos espasmos muy terribles y entró una enfermera que nos ordenó salir. Miguel se quedó y con mi hija nos fuimos a la sala del lado desde donde podíamos ver las pantallas, hasta que empezó ese sonido cuando se empiezan a apagar los signos vitales. Fue su final.

A partir de ese momento, comienza uno de los capítulos más escabrosos: la autopsia que realiza en su pieza un equipo de médicos de la Universidad Católica. ¿Los vistes llegar?

Yo había subido a buscar a mi mamá para que se despidiera y los médicos nos dijeron que le pondrían una inyección de conservación ya que el funeral sería de tres días. Yo subí a dejar a mi mamá y volví a su pieza, entré y me topé con una persona alta, con delantal médico que me preguntó de forma muy agresiva que hacía yo ahí y me sacó. Yo me negué y le insistí que quería ver a mi papá. Pero replicó que estaba prohibido y me obligó a salir. Al hacerlo, yo miré hacia adentro y vi que había una escalera de tijeras, de altura que antes nunca estuvo. Ya no pudimos entrar más.

-¿No le pidió explicaciones a alguien de la Clínica?

Es que estábamos muy conmocionados en ese momento. Años después, el año 2004, en una de las entrevistas que tuve con funcionarios de la PDI a cargo de la investigación y que trabajaban con el juez Madrid, me acordé del detalle de la escalera y lo dije. Ahí me explicaron que, de acuerdo a los antecedentes que ya tenían, en esa escalera habían colgado el cuerpo de mi papá para vaciarlo por completo. El equipo que lo hizo entró a las seis de la tarde a la pieza y nadie supo. Alguien los esperaba en el subterráneo y llegaron directo a la habitación de mi papá. Ellos mismos han declarado que los llamaron a la Católica, aunque hay enfermeras que han dicho que ya al mediodía sabían de qué se trataba su intervención. Mi papá murió a las 17.30. Seguramente fue uno ellos quien me sacó. En sus declaraciones ante el juez, dicen que le pusieron alrededor de 6 litros de formalina, líquido que sirve para deshacer cualquier vestigio de lo que queda en el organismo y que recogieron los órganos del cuerpo. El juez ha allanado varias veces la Clínica Santa María incluso tiene la escalera de tijeras y hay testimonios de personas que dicen que vieron salir a estos médicos y que llevaban en baldes con bolsas negras las vísceras de mi papá. La semana pasada, en la fase probatoria, los inculpados dijeron que se llevaron sin rotular las muestras y así la entregaron en la Católica.

¿No hubo ningún informe de autopsia?

La persona que integra la recepción de esta pseudo autopsia al cuaderno de registro, dice que le pasaron el informe 10 años después así que ella lo transcribió. Pero el libro de autopsias de la Católica es foliado y la parte que corresponde a mi papá está cortado y hay otra cosa encima. La Católica reconoce esto, pero no da ninguna explicación. Y ninguno de esos médicos trabajaba en la Clínica Santa María.

¿Qué médico de la familia autorizó este procedimiento?

Lo único que nos dijeron es que se le pondría una inyección para conservarlo. Este procedimiento de vaciarlo y todo lo demás nunca lo supimos. Todos estábamos muy extrañados por la demora ya que debíamos llevar el féretro a la Catedral.

Como a las 11 de la noche nos dijeron que ya estaba todo listo y cuando entramos habían sellado el ataúd, sin la presencia de nadie de la familia. No pudimos vestirlo, decirle adiós por última vez antes de ponerlo en la urna. Hasta el día de hoy no nos han dado ninguna explicación de este proceder.

¿Con Patricio Rojas nunca hablaron?

-Nunca. Y hay contradicciones entre ellos. Rossemberg y González dicen que ellos llamaron a algunos de los médicos días después para darles a conocer el resultado, unos nombran a Patricio Rojas, otros a Silva Garín y al doctor Goic, cosa que éste último niega absolutamente. Yo estuve todo el tiempo con él y vi cuando llenó el acta de defunción y después se retiró. Han tratado de involucrarlo, pero de muy mala manera. Nunca más hubo contacto directo con Patricio Rojas, ni yo, ni mis hermanos tampoco al parecer. Pienso que era tanta su cercanía familiar y de amistad con Patricio Silva Garín que se vio involucrado. No sé si dio cuenta o no de lo que estaba ocurriendo. Cuando muere mi papá todavía no era conocido que en pelo también quedan rastros de sustancias. A él lo único que no le tocaron fue la cabeza y después de mucho tiempo, cuando lo exhumamos, con las técnicas más modernas, se vio en tres épocas distintas que había Talio. Incluso que ya tenía una dosis que habría sido puesta antes de entrar la primera vez a la clínica. O sea, que en la casa podrían haberlo comenzado a envenenar.

Uno de los procesados, Luis Becerra, su chofer, que entraba y salía de su casa era una de las pocas personas ajenas a la familia que tenía acceso al expresidente. ¿Nunca sospechó de él?

Para nada. Era una persona de absoluta confianza en la casa. Empezó a trabajar con mi papá en el año 1963. Además era dirigente democratacristiano de su comuna. Jamás sospechamos de él. Casi nos morimos de la impresión cuando supimos que trabajaba como informante de la CNI y que estaba a cargo de entregar toda la información sobre mi padre. Fue terrible. Incluso él lo llevó a la clínica el día de su operación y lo dejó en su pieza y estuvo allí con nosotros. Sabía desde mucho antes la fecha en que sería la intervención. Después del Golpe, Lucho dejó su trabajo en el Senado y se compró una furgoneta para repartir verdura y llegaba a las casas de todos nosotros que éramos sus clientes. También siguió trabajando en la casa de mis padres; se encargaba de todos los tramites y asuntos domésticos de arreglos, compras y era chofer de mi papá, cada vez que lo necesitaban. Mientras mi papá estuvo en la clínica, él prácticamente se instaló en la casa y resolvía todos los problemas. Cuando murió, instaló una mesa con un libro de condolencias y recibía los pésames. En el año 83, cuando Andrés Zaldívar regresó de su exilio, Lucho le pidió a mi mamá que lo recomendara para trabajar con él y desde entonces pasó a ser su chofer. Cuando volvió la democracia y Andrés fue presidente del Senado, siguió con él.

¿Cómo se enteran de que era un informante de la CNI?

En el año 2002, el ministro Madrid comenzó a dar buscar a los agentes que seguían a mi papá y hacían las escuchas. Fue ahí que dio con el agente Lillo y éste confesó que estaba a cargo de un grupo que controlaba a la DC. Entregó cerca de 20 nombres y dijo que tenían muy buena información porque dentro de la casa había uno de los suyos. Y dio el nombre de Luis Becerra. Fue el espanto mismo de toda mi familia. No lo podíamos creer. Desapareció del Senado el mismo día de la confesión de Lillo y nunca más lo volvimos a ver.

¿Cuánto tiempo pasó para que tus preocupaciones de esos primeros días se convirtieran en sospechas de que algo más había ocurrido? ¿Qué lo gatillo?

Siempre tuvimos la duda de que algo había pasado, pero llegar a saberlo fue muy largo y difícil. Eugenio (Ortega), mi marido fue secretario General del partido cuando Gabriel Valdés era presidente. Nos tocó recorrer muchos lugares para reorganizar a la DC y se nos acercaba gente que nos decían que a mi papá lo habían matado. No creían la versión oficial. Incluso en una ocasión, en un pueblo chico, una persona me pidió conversar y me confesó que había sido informante de la CNI y que era el encargado de seguirme. Y me dijo que tenía más información. Ellos habían instalado micrófonos direccionales hacia la oficina que captaban las ondas de las conversaciones de mi papá y así controlaban todo lo que hacía. Todo eso está en el proceso. Pero lo que gatilló que mis sospechas se convirtieran en certezas fue un libro de Mariana Callejas donde habla de su casa de Lo Curro y del laboratorio de armas químicas que funcionaba allí. Cuenta que no aceptaba que ninguno de los que trabajaban ahí compartieran con ellos, a excepción de Berríos a quien encontraba muy simpático. Cuenta que un día, le mostró un tubito con un líquido semitransparente y le dijo que, con una gotita de eso, no sería necesario derramar sangre para liquidar a los indeseables. Y agrega que recordó esto cuando “murió el Presidente Eduardo Frei Montalva”. Fue como un mensaje directo.

¿Conocías la existencia de Eugenio Berríos y su vinculación con la DINA?

No teníamos idea. Empezamos a investigar y supimos que era un químico de la Universidad de Concepción que trabajaba con la DINA en un laboratorio para fabricar armas químicas. Lo conocían como el químico de Pinochet. En ese tiempo también hubo gente que se acercó para entregar información. Muchos pedían guardar el secreto de su identidad. También comenzaron a llegar algunos documentos y carpetas. Cuando encontraron los restos de Berríos, asesinado en Uruguay por oficiales del DINE, se abrió una causa que investigó el juez Madrid y de la que nosotros nos hicimos parte después hasta que el mismo juez abrió otra causa con el rótulo de “Asesinato de Frei”. Él allanó la casa de los padres de Berríos y encontró libros, muchos en inglés sobre venenos como el Talio, Gas Mostaza. En los márgenes tenía anotaciones con la letra de Berríos. También había carpetas con recortes sobre mi papá. Lo que nos llevó a la conclusión de que su muerte había sido un asesinato fue en el período del gobierno de mi hermano. Allí se encontró una caja fuerte en el Ministerio del interior que estaba guardada y nunca se había abierto. Mi hijo, que trabajaba en ese momento con Raúl Troncoso, ministro del Interior, junto a otros funcionarios la abrieron y encontraron un montón de carpetas sobre Berríos y también información sobre la muerte de mi papá. Se le entregaron al Juez cuando nos hicimos parte de la querella y está en sus manos.

¿Cuando hizo su primera denuncia pública sobre las causas de la muerte del expresidente?

El año 2002, una persona le dice a nuestro abogado que dentro del hospital de la Católica hay documentos sobre la muerte de mi papá. Les pedí públicamente que los entregaran y su respuesta fue que no había nada al respecto. Anuncié que me querellaría contra ellos. Entonces con un funcionario me mandaron a la casa una carpeta con ocho páginas corcheteadas de fotocopias de una autopsia con una descripción de sus órganos. Después de esto, el juez hizo un allanamiento y ahí encontró el cuaderno y se dio cuenta de que el documento había sido manipulado. Lo que me entregaron era una copia del procedimiento realizado. En el cuaderno foliado están las fotos y otra información más detallada. El juez hizo varios allanamientos, en el segundo encontraron muestras de los tejidos de mi papá. Hace unos seis años atrás, El Mercurio publicó un documento secreto con parte de los informes patológicos realizados a mi papá. El juez ordenó una investigación interna en el poder judicial para dar con los responsables de esta filtración de documentos secretos del juicio. Y, el doctor Enrique Paris, presidente del Colegio Médico a la fecha, dijo que él sabía que en la caja fuerte del Decano de Medicina y actual Rector de la Universidad Católica, Ignacio Sánchez, quedaban muestras de órganos de mi papá. Todo eso está en El Mercurio. Algo monstruoso. Sánchez dijo que esas muestras ya no estaban. Durante años hubo muchos que mantuvieron un silencio cómplice.

¿Hubo respuestas de las autoridades del Hospital de la Universidad Católica?

Nada. Y por eso el cuestionamiento al doctor Luis Castillo que en ese tiempo era el Director del hospital. El doctor Sergio González declaró ante el juez Madrid que después que yo hice la denuncia pública; él llevo personalmente todos los documentos sobre la autopsia a Castillo y éste le dijo que todo eso había que guardarlo y no decirles a nadie de su existencia, especialmente a la familia. Ahora Castillo argumenta que dice que nosotros nunca pedimos esos antecedentes. ¿Cómo íbamos a hacerlo, si no conocíamos su existencia? En el año 2003, una persona informó a nuestro abogado Álvaro Varela de la existencia de estos documentos y el juez allanó el hospital y los encontró. De lo contrario, nunca hubiéramos sabido de su existencia y, como se ha visto, ha sido una pieza crucial para aclarar lo que allí ocurrió. Cuando Sebastián Piñera nombró en el 2010 a Luis Castillo como Subsecretario de Salud, mi hermano Eduardo manifestó, en una entrevista con radio Cooperativa, el malestar de la familia y le comunicó al gobierno de que no era procedente esa designación, por los antecedentes que ya existían en el proceso. Pero nada pasó. Por eso, ahora que lo vuelven a nombrar yo reiteré la inconveniencia esperando que él diera una explicación. En lugar de eso, con muy mal lenguaje, dice que nos mueven intereses económicos y que lo que yo hago es una canallada. Canalla es él que piensa que yo me muevo por otros intereses. El apoyo del gobierno hacia él es un acto hostil hacia nosotros.

¿En el período de la Presidencia de tu hermano, no hubo ningún exfuncionario o personal uniformado que les entregara información?

Nada. Por eso el año 2000 yo intervine en el Senado para denunciar que mi padre había sido asesinado y pedí que todos quienes tuvieran antecedentes los entregaran a la justicia. Junto a eso, envié varios oficios al ejército. Ellos contestaron uno de los oficios y lo hicieron llegar al secretario del Senado que me hizo ir a su oficina a leerlo porque tenía carácter reservado. Lo único que decía es que no tenían antecedentes. En el año 2005 un militar en retiro declaró al juez que había visto carpetas con todos los antecedentes del caso de mi papá y que esos documentos habían sido microfilmados en dos copias. También entregó el lugar en donde estaban guardados. El juez pidió al Ejército que se los enviaran y le respondieron que todo eso había sido incinerado. El juez investigó el laboratorio donde esto había ocurrido y a su vez, el ejército ordenó una investigación interna para determinar responsabilidades porque deben dejar constancia de este tipo de incineraciones, pero nada ha pasado hasta ahora.

Eso fue en el período de Cheyre como cabeza del Ejercito. ¿Nunca habló con ustedes?

Junto con mi abogado envié al Ejército una lista de preguntas con todas las dudas que existían y varios oficios. Pero Cheyre fue muy duro con Álvaro Varela, nuestro abogado, y lo increpó públicamente por estar en esto. Se encontraron en dos actividades y actuó de manera muy agresiva frente a un grupo de personas que estaban presentes. Después me llamó a la casa y me invitó a tomar té con él para conversar. Le dije que tomaríamos té después que contestara todas las preguntas y oficios que le había mandado. Nunca más supe de él. Los sucesores de Cheyre tuvieron esa misma estrategia de acercamiento. No sé si se juntaron con mis hermanos. Yo me reuniré con los jefes de las Fuerzas Armadas cuando entreguen toda la información que sabemos que sabemos poseen. No sé hasta cuando llegaran estos pactos de silencio que hacen mucho daño.

El tuyo ha sido un largo y doloroso recorrido en el que estuviste acompañada hasta su muerte por tu marido Eugenio Ortega y ahora se te ve con tus hijos. Incluso en 1997, para un reportaje que hizo Informe Especial de TVN, tu entrevista fue censurada por el entonces Director Ejecutivo, René Cortazar. ¿Te has sentido sola?

Yo entiendo que fue muy duro para muchos de mi familia y amistades, llegar a imaginarse esta maldad tan grande y creo que a muchos les ha costado asumirlo. Cuando hay malas noticias las personas tratan de pensar que las cosas no son así, es como una defensa del ser humano. Y parece que a los hombres les cuesta más aún. Pero Eugenio, mi marido, desde el primer instante estuvo muy comprometido y fue mi mayor apoyo. Ahora que no está mis hijos tomaron el relevo. Algunos de mis hermanos también me han apoyado. Pero entiendo, porque es algo muy macabro, que otras personas se hayan restado y muchos han señalado que se pronunciarán cuando haya sentencia.

-Entre esos está tu hermano, el ex presidente Eduardo Frei Ruiz Tagle, que sigue siendo embajador de este gobierno de Sebastián Piñera.

Ya somos todos adultos y él habla y actúa por él. Por mi parte, yo seguiré insistiendo para conseguir verdad y justicia. No solo por el caso de mi papá, sino que por todos los que han sufrido la pérdida de sus seres queridos en este país. Yo seguiré haciendo lo que creo que es mi deber.

¿Te has sentido acompañada por tu partido?

En el año 2015 me invitaron por primera vez al Consejo Nacional para que yo contara todo lo que habíamos hecho y el partido se hizo parte de la querella. Creo que por mucho tiempo fue incómodo que algunas personas que formaban parte del corazón del partido aparecieran en el proceso. De mí se dijo que veía fantasmas e incluso que estaba medio loca. Incluso en el año 2000, Patricio Rojas que formaba parte de la Directiva de entonces me pasó al Tribunal de Disciplina. Por eso cuando me llamaron el 2015, agradecí el espacio que me permitió decirles que lamentaba que ninguno de los dirigentes hubiera asumido lo que pasó. Pero ahora siento mucho apoyo y en estos días ha habido muchas manifestaciones de apoyo especialmente de los jóvenes. Eso es bueno

¿Es posible que el ministro Madrid abra una nueva arista que apunte a los encubridores? ¿Podría investigar la conducta de Luis Castillo y del exdirector de la PDI Arturo Herrera, denunciado por el inspector Nelson Jofré, de haberlo presionado para que no continuara su labor?

Cuando llegamos a la convicción de que mi padre había sido asesinado, fuimos con Eugenio a conversar con Nelson Mery, director de la PDI en ese tiempo. Nos encontró la razón y puso a disposición del caso a un grupo especial que dirigía Nelson Jofré. Ellos ayudaron mucho, y colaboraron estrechamente con el juez. Curiosamente a Mery le hicieron un sumario, a raíz de una denuncia que nunca se pudo comprobar y lo sacaron de su cargo. Su sucesor le hizo la vida imposible al equipo que encabezaba Jofre y que trabajaba en el caso. Les quitaron las oficinas, los computadores, el personal de apoyo, los separaron y al final terminaron prácticamente relegando a Jofré que lo pasó muy mal. Se ha tejido una red para ocultar el pasado para que hasta el día de hoy no se sepa la verdad. Por eso no puedo quedarme tranquila.

Después de tantos años, ¿qué esperas de la justicia?

Ahora viene la sentencia, espero que se haga justicia y quienes están procesados sean declarados culpables y alcancen a cumplir las penas que se merecen. Pero además, cuando un juez de la República deje establecido que mi padre fue asesinado, no quedará ninguna duda. Es el primer presidente asesinado y es un hecho brutal que marca nuestra historia como país. También es un baldón para la Universidad Católica que han ocultado parte de la verdad y no han colaborado con la investigación de la muerte de uno de sus exalumnos destacados, profesor, Doctor Honoris Causa, el único que llegó a ser Presidente de la República. Lo mismo pasará con el Ejército, donde muchos de sus funcionarios estuvieron involucrados. Si queremos trabajar por el bien del país, debemos respetar y reconstruir la Memoria.

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