El viejo truco del “crímen pasional”

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El 17 de julio de 1976, el cuerpo del economista español y funcionario de la ONU, Carmelo Soria Espinoza, fue encontrado en el canal El Carmen, sector La Pirámide. Un día antes, su Volkswagen blanco también había aparecido en el caudal, con puertas cerradas, vidrios quebrados y una botella de pisco en su interior.

Las pistas apuntaban hacia una muerte accidental, gatillada por el consumo de alcohol de Soria, supuestamente afectado por una infidelidad de su esposa, Laura González Vera.

Así lo hicieron saber Las Últimas Noticias y El Mercurio en publicaciones posteriores al hallazgo, donde reprodujeron las palabras del general del Ejército Ernesto Baeza Michaelsen, entonces director de Investigaciones: “Se trata de un lamentable accidente, todas las investigaciones practicadas en el servicio conducen a ello. Se sabe que Carmelo Soria sufrió presiones de orden emocional, un verdadero shock. Estuvo bebiendo hasta tarde y manejó mal”.

Sin embargo, su familia nunca creyó esta historia. Soria era vigilado porque habia ayudado a salir de Chile a personas que temían por su vida. La viuda del economista -quien nunca mantuvo una relación paralela a su matrimonio- en el simposio: “Desaparecidos en el Cono Sur de América Latina”, en Madrid, reveló las inconsistencias entre la versión oficial y las versiones de testigos.

En febrero del mismo año, un Grupo de Trabajo de la ONU ya había esbozado dudas respecto al supuesto accidente: “A juzgar por los testimonios de que dispuso el Grupo de Trabajo, el camino en que ocurrió el hecho no era el que normalmente seguía el señor Soria para volver a su hogar. Además, el cadáver del señor Soria se encontró a unos 200 metros del coche”.

Un artículo publicado por el Washington Post el 5 de septiembre de 1977, daba cuenta de que “las Naciones Unidas aún no han recibido el informe solicitado a Chile por la misteriosa muerte en julio de 1976 de Carmelo Soria, un funcionario del Centro Latinoamericano de Demografía, una agencia de la ONU con sede en Santiago, que habría sido vigilado por la policía secreta antes de su muerte”.

Tres meses después, el mismo diario confirmó que Soria fue torturado antes de su muerte y que su fallecimiento no fue accidental, como indicaban fuentes oficiales del régimen. Para esto, expuso la versión de tres médicos consultados por separado, quienes concluyeron que sus heridas fueron provocadas por golpes y estrangulamientos, no por un accidente de tránsito.

La investigación de la justicia chilena, en este caso desarrollada por el ministro en visita Adolfo Bañados tras el retorno a la democracia, logró acreditar que Soria fue capturado el 14 de julio de 1976 y llevado a un inmueble ubicado en Vía Naranja N° 4925, Lo Curro: la casa del agente de la CIA y colaborador de la DINA, Michael Townley.

Allí, Soria fue interrogado y torturado a golpes y estrangulamientos, y se le aplicó el mortífero gas sarín Su alcoholización, según pudo comprobar Bañados, también fue forzada.

Estos hechos fueron confirmados en 1993 por Mariana Callejas, exeposa de Townley, quien en entrevista con el diario español El País, admitió que Soria fue asesinado en el sótano de su casa: “Michael me dijo que la brigada había traído un prisionero, que le habían matado y después llevado a un canal donde lanzaron el auto”.

En la causa, finalmente, se procesó a 15 exintegrantes de la DINA, además de Townley, el chileno Armando Fernández Larios y el ciudadano cubano Virgilio Paz Romero, en calidad de coautores del secuestro, tortura y homicidio del español.

En diálogo con The Clinic, Carmen Soria, quien al momento del suceso tenía 16 años, recuerda que “fue súper violento lo que se dijo de mi padre. Dijeron que era borracho y celoso, que mi madre tenía un amante. Nos dañaron a todos, nadie escapó de lo que pasó. Aunque nosotros nunca dudamos de quién ni cómo era mi papá, ha costado restituir su persona, su dignidad, porque muchos se creyeron ese cuento”.

Finalmente, Carmen sostiene que “una manera de reparación es que el país integre su propia historia, pero para ello no puede seguir desconociendo hechos como éste, bajo la excusa del contexto u otros motivos. Cada acto que deslegitima la lucha que hemos dado los familiares de asesinados o desaparecidos revive nuestro dolor. Y ese es nuestro principal problema: estamos constantemente reviviéndolo, simplemente porque la sociedad eligió no hacerse cargo”.

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