Casos Tucapel y Alegría: La ilusión de un crimen perfecto

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El 25 de febrero de 1982, tres agentes de la Dirección de Inteligencia del Ejército (DINE) cumplieron una tarea que se venía planificando desde hacía tiempo: asesinar al histórico presidente de la Asociación Nacional de Empleados Fiscales, ANEF, Tucapel Jiménez.

Jiménez, quien originalmente apoyó el golpe de Estado en Chile, se había vuelto un molesto opositor y en un visible dirigente sindical. Según se supo años más tarde en la investigación judicial, otras opciones fueron descartadas. Enviarlo al exilio o hacerlo desaparecer, se estimó, podían convertirlo “en mártir”. Se optó por “eliminarlo” físicamente, pero simulando un asalto común y corriente. Un crimen perfecto.

Esa mañana, los agentes detuvieron el taxi que Jiménez conducía y lo llevaron, encañonado, a un sitio eriazo en Lampa. Le dieron cinco disparos en la nuca y le cercenaron el cuello. Luego, sacaron el taxímetro, una linterna, su licencia de conducir, el reloj y una peineta verde para simular el asalto.

A pesar de que los medios replicaron las tesis oficiales sobre la muerte accidental del dirigente, el crimen causó tal conmoción que el propio gobierno, para no demostrarse comprometido, pidió la designación de un ministro en visita. El caso cayó convenientemente en manos de un ministro con poco afán investigativo y un hijo trabajando en la CNI, Sergio Valenzuela Patiño. Como el tiempo pasaba y no aparecían los supuestos culpables, los servicios de inteligencia tuvieron que idear un segundo libreto macabro. La Brigada Laboral de la Central Nacional de Informaciones, CNI, dirigida por uno de los más mediáticos agentes de la dictadura, Álvaro Corbalán Castilla, tendría que encontrar a alguien pobre, alcohólico, solo: un nadie, para cargarle el crimen del sindicalista.

En Valparaíso, la CNI encontró al carpintero Juan Alegría Mundaca, quien trabajaba esporádicamente, era alcohólico y, aunque tenía tres hijos, se había separado de su mujer y vivía solo en una casa que había construido con sus propias manos. No tenía agua, ni luz y con frecuencia iba a comer a la casa de su madre, quien estaba al cuidado de sus hijos mayores. Le decían el Chacotero. Alegría no conocía a Jiménez y no le interesaba la política. Se sentía más atraído por el Festival de Viña, una afición que, por esas casualidades siniestras del destino, compartía con Corbalán, uno de los hombres que iba a matarlo.

“Para mí, el crimen de Juan Alegría es uno de los casos de violaciones a los DD.HH. de mayor gravedad: que se elija a una persona para hacerla responsable de un hecho, y después darle muerte, es algo que sobrepasa cualquier capacidad de comprensión”, diría Sergio Muñoz, ministro que aclaró el caso en 2002.

De hecho, la misión de encontrar un chivo expiatorio para ocultar el crimen de Tucapel Jiménez, la recibieron Corbalán y Carlos Herrera Jiménez en febrero de 1983, mientras estaban a cargo de la seguridad del Festival de Viña.

Según logró demostrar la justicia, los agentes apresaron a Alegría en Playa Ancha, en julio de ese año. Lo llevaron a una casa en Concón, donde lo obligaron a escribir una carta autoinculpándose del asesinato, lo hicieron beber alcohol y luego lo llevaron a la rastra a su casa, donde cercenaron sus muñecas para simular un suicidio, pero las cortaron tan profundamente que la tesis desafiaba el sentido común. Si alguien se corta una muñeca de esa manera, no tendría fuerzas para hacer lo mismo con la otra. Bajo una de sus manos, pusieron una gillette. Sobre un baúl dejaron la carta y algunas de las especies que le habían robado a Tucapel Jiménez .

El Servicio Médico Legal dio por comprobada la muerte como un acto suicida. Y La Segunda golpeó con la noticia: “Exclusivo: se suicidó implicado en el caso Tucapel”.

Rosa Mundaca, la madre de la víctima, quien encontró el cuerpo de su hijo, nunca creyó. Ella sabía que el día que asesinaron a Jiménez, Alegría trabajaba en la ampliación de la casa de un doctor en el cerro San Juan de Dios. Pero, en esos años, los periodistas de los medios tradicionales no se molestaron en entrevistarla.

El abogado de la familia del sindicalista también sospechaba de una operación macabra, que la justicia no avanzó. Recién en 1999, tras el arresto de Pinochet en Londres, se aceptó cambiar el juez. En menos de tres años, el ministro Sergio Muñoz aclaró ambos asesinatos y condenó a los culpables. La inhumanidad del asesinato de Alegría, diría luego, lo impactó. “Para mí, el crimen de Juan Alegría es uno de los casos de violaciones a los derechos humanos de mayor gravedad: que se elija a una persona para hacerla responsable de un hecho, y después darle muerte, es algo que sobrepasa cualquier capacidad de comprensión”, dijo a la periodista Ana María Sanhueza, quien publicó la historia en “Los archivos del Cardenal. Casos Reales”.

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One thought on “Casos Tucapel y Alegría: La ilusión de un crimen perfecto

  1. Aunque viví pequeño en dictadura , con los años fui comprendiendo a lo que llegamos humanente como sociedad, además quiero aclarar que en mi familia no sufrimos algún abuso en esos años, pero si las cosas costaron mucho, a lo que voy es que leer y enterarse de atrocidades como las de este reportaje, te llevan a pensar en la rabia de los familiares y también comprenderlos , aunque a veces pienso que 40 años es mucho, con estpe.doy cuenta que el tiempo no importa

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