Un diálogo con David Rieff

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Foto: (CC) Casa de América

Durante su última visita a Chile, el historiador David Rieff llegó hasta el Museo de la Memoria para protagoniza un conversatorio con uno de sus directores, Arturo Fontaine. En la ocasión, Rieff habló sobre el origen de su libro “Elogio del olvido”, sobre la necesidad de una “desacralización de la memoria” y de su desconfianza a las utopías. Además, se refirió al debate sobre el rol del Museo y al breve nombramiento del exministro de las Culturas, Mauricio Rojas. Aquí, parte de la transcripción de ese diálogo.

En una ocasión, durante mi período como corresponsal de la Guerra de los Balcanes, tuve que entrevistar a un líder político nacionalista. Cuando salí de la visita, uno de sus asesores me dio una hoja de papel. “Míralo después”, me dijo.

Arriba del taxi, abrí la hojita. Decía “1453”. El año de la caída de Constantinopla ante las fuerzas turcas. Para mí, el mensaje fue muy claro: “Nosotros serbios estamos luchando contra los musulmanes de Bosnia; somos los defensores de Occidente. Pero nosotros vamos a vencer”. 

En esta pequeña historia, para mí, se hicieron evidente los peligros de la memoria. Su uso como arma de guerra, como una manera de seguir con la ira. La memoria como un método para la prolongación del conflicto.

Pienso que hay que desacralizar a la memoria. Es decir, ponerla en contexto: la memoria puede salvarnos y hacer muchas cosas buenas, pero también puede hacer muchas cosas malas.

En mi libro “Elogio del olvido” -cuyo nombre fue en parte influenciado por la necesidad editorial de provocar- no planteo una denuncia absoluta de la memoria. Pero sí pienso que hay que desacralizarla. Es decir, ponerla en contexto: la memoria puede salvarnos y hacer muchas cosas buenas, pero también puede hacer muchas cosas malas. En el caso de la Guerra de los Balcanes, en la cual pasé tres años de mi vida, para los serbios, croatas y bosnios la memoria era un gran peligro.

En su caso, olvidar –en el sentido del “silencio público”- hubiera sido hasta preferible.

Imaginemos que existiera la paz entre Israel y Palestina. Pareciera ser algo que uno no vivirá para presenciar. Pero si fuera posible, no veo ninguna posibilidad de que palestinos e israelíes se pongan de acuerdo sobre su pasado. Y la única solución, en su caso, sería el silencio. Veamos la situación actual de Irlanda del Norte: entre los republicanos y los que aún quedan fieles al Reino Unido, sí existe un silencio público. Nadie ha cambiado de posición, pero tampoco hay manera de “reconciliar” dichas memorias. 

Ahora, hay muchos casos de posguerra en los cuales la memoria es absolutamente la respuesta correcta. Por ejemplo, no veo la necesidad de imponer este “silencio” aquí en Chile o Argentina. 

La mortalidad de la memoria

Cada museo es una ideología. Hablar de un museo sin política, sin contenido político, me parece una tontería. Tal cosa no es posible.

Entonces, que un museo o institución de memoria genere debate o consenso va a depender de su contenido. De su nivel moral, si se me permite. Por ejemplo, en Ruanda existe un museo que habla del genocidio del 94′, y para mí existen problemas fundamentales con el argumento de este museo. Lo mismo me ocurre con el Holocaust Musseum de Washington, que cuenta con documentos extraordinarios, pero que omite la labor del Ejército Rojo –que liberó el campo de Auschwitz- y que al final de su recorrido tiene un salón sionista.

He paseado por el Museo de la Memoria con Aldo [Perán], y no veo los mismos problemas con este museo. Pienso que aquí la política, si me permiten, es más o menos correcta.

Este Museo, en un país como Chile, con la tragedia chilena que vivieron muchas personas, forma parte del debate sobre este pasado. Pero no me parece que cada museo tenga la misma calidad.

¿Sobre si esta clase de museos nos aleja de la posibilidad de volver a repetir el pasado que describe? Soy un griego. Creo en la historia como ciclos, no como progreso. Tengo poca confianza en la educación. No creo que aprendamos mucho de la historia.

La posibilidad de un genocidio es un momento muy particular en la historia de un país. En tiempos de paz, claro que la educación puede servir, pero cuando las cosas lleganal punto en que la gente se empieza a matar, es otra cosa.

No creo que haya la necesidad de conocer la dictadura para creer que las personas deben vivir de una manera más o menos digna. No veo por qué un modelo distópico sea necesario para sostener los principios democráticos.

En mi opinión, aquí hay que considerar la mortalidad de la memoria. Las civilizaciones, las memorias colectivas, son mortales como los seres humanos. Nadie va a pensar en Auschwitz en diez mil años. Es horrible pero es verdad. La tragedia es mortal. 

Para mí, es realista no esperar más. Cuando has pasado 20 años de tu vida como yo, en zonas de guerra, la paz -y cuando hablo de paz no hablo de justicia, sino del “silencio de las armas”- es mucho. Y yo prefiero la paz. Si fuera posible llegar a una justicia absoluta, perfecto. Pero en muchos contextos, esto no es una posibilidad. No hay unidad cultural en el planeta, no existe un consenso ético en este momento.

Tuve un gran amigo que tenía muchos reparos con los planteamientos de mi libro, y el único éxito que tuve, antes de que mi amigo muriera, fue convencerlo de que la distinción por los usos y los abusos de la memoria no funcionan. Porque, ¿quién va a decidir eso? Mi terrorista es tu luchador por la libertad. Entonces, estamos hablando de otra cosa: de hacer política.

En cambio, sí creo en la importancia del Museo de la Memoria de Chile, pero para los chilenos de este momento.

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