Todos Somos Allende

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“¡Llamen a Augusto que es de los nuestros!”. Salvador Allende, 11 de Septiembre de 1973.

Venía saliendo de un antro más doblado que carta de amante, cuando siento que me toman del hombro y me dan vuelta violentamente. Era uno de los guardias del tugurio que en tono de paco espetó que no había pagado la cuenta.

Esa noche (11 de Septiembre, da la casualidad) nos habíamos juntado con unos compañeros de trabajo a darle la despedida al Lobo (le decíamos así porque se comía a puras abuelitas). Al Lobo lo habían echado de la pega la semana anterior; y aunque algunos nos habíamos enterado que iba a ocurrir un mes antes, obviamente nadie le contó para no tener problemas con los jefes.

Los que sabíamos armamos un grupo de Whatsapp para, además de reírnos morbosamente de su situación, organizarle una “despedida sorpresa” al compañero caído. A ese grupo le llamamos “Los Siniestros”. Creo que el nombre salió en el mismo chat por el complejo de culpa que nos dio al reírnos e ironizar tanto la desgracia del pobre tipo.

Entre risas y llantos me tomé 5 shop, 3 Jotes y creo que unas 4 piscolas. Eso es lo que alcanzo a recordar ya que después de tremendo cocktail me quedé dormido, curado como piojo. Cuando desperté me encontré solo en la mesa, no sabía dónde estaban “Los Siniestros”, ni “El Lobo”, ni “El Angustia”

En el grupo acordamos una cuota de 20 lukas por nuca para despedir de buena forma al susodicho, cuota que todos depositamos en la cuenta RUT del Angustia (le decíamos así porque los miércoles ya estaba desesperado por tomarse una chela). Angustia era el contador de la empresa y por lo mismo todos creímos que era el indicado para que hiciera las veces de tesorero del evento.

Llegamos al antro clandestino (con El Lobo, éramos siete). Nos acomodamos en una mesa para cuatro y como pudimos pusimos el regado copete que compramos con las 120 lukas que juntamos. Entre risas y llantos me tomé 5 shop, 3 Jotes y creo que unas 4 piscolas. Eso es lo que alcanzo a recordar ya que después de tremendo cocktail me quedé dormido, curado como piojo. Cuando desperté me encontré solo en la mesa, no sabía dónde estaban “Los Siniestros”, ni El Lobo, ni El Angustia. Tampoco sabía cuánto tiempo había pasado así que atiné a hacer lo que haría cualquier borracho que se respeta: irse.

-No te hagai el wueón. Entra a pagar no más.

Eso exclamó el guardia mientras me arrastraba de vuelta al barucho. El mundo me daba vueltas por tal violento cambio de dirección y velocidad, así es que no pude reaccionar hasta que me vi parado frente al cajero que me entregaba una boleta por 133.540 pesos. Sospeché, dentro de mi curadera, que alguien me había traicionado.

“Todos Somos Allende”, susurró una vocecita interior en ese instante de lucidez.

Yo trabajaba en el departamento de informática de la empresa. Una de las pegas ingratas que tenía que hacer era asegurarme de que cada correo que entraba o salía creara una copia y la enviara a mi casilla de mail, así yo podía leer los correos de todos los trabajadores. (Si estimado lector, eso se puede hacer). Me lo había encargado el gerente general para asegurarse de que “no se moviera una hoja sin que él lo supiera”. (No sé de dónde sacó esa frase). Tenía la misión de informarle de cualquier movimiento extraño como relaciones sentimentales entre compañeros, envíos de currículums, entrega de información a la competencia, etc.

Entendí que todo había sido una treta premeditada del Angustia y Los Siniestros: me habían traicionado. Resignado saqué mi billetera como pude, tomé mi casi copada tarjeta de crédito y después de unos tres intentos marqué correctamente mi clave, pagué la cuenta y me fui más amargado que culo de pepino.

-¡Ya po’ wueón, paga!-, insistió el centinela del cuchitril mientras me pegaba un pape en la nuca.

Como yo estaba más guasqueado que león de circo, no pude ordenar mis ideas y en una especie de resumen mal estructurado lo único que atiné a decir fue:

-El Angustia ¡Llamen a Angustia que es de Los Siniestros!

Naturalmente el gorilón no entendió ni mierda, a tal punto que se cagó de la risa.

Intenté explicarles que venía con un grupo de 7, que era la despedida de un compañero, etc.

-Si te refieres a los que estaban contigo, se fueron todos juntos hace un par de horas y no pagaron la cuenta-, me soltó.

“Todos somos Allende”, retumbó la voz en mi cabeza, esta vez con más fuerza.

Al Lobo lo echaron de la pega porque un día caché unos fogosos mails que se enviaba con la secretaria del Gerente General, una cincuentona muy guapa de pisadas de fuego al andar (salió bonito eso, ojalá no me lo copien). El gerente, que además de ser más caliente que celular en verano, era un hombre casado y por años había mantenido una muy discreta relación con esta secre. De esa relación sabían solo ellos, yo y El Lobo (a quien, después supe, la misma secre le contó).

Cuando vi los pornográficos mails entre El Lobo y la secre tuve que mostrárselos al gerente. Era mi pega. Cuando supo, lo primero que dijo fue: “¡Cagó este wueón! ¡Lo voy a echar en cuanto pueda!”.

-¡Ya poh wueón. Paga ahora o llamo a los pacos!-, gritó el guardia del antro, perdiendo finalmente la paciencia.

“Todos somos Allende”, volvió a sonar con reverberancia la vocecita en mi cabeza.

Entendí que todo había sido una treta premeditada del Angustia y Los Siniestros: me habían traicionado. Resignado saqué mi billetera como pude, tomé mi casi copada tarjeta de crédito y después de unos tres intentos marqué correctamente mi clave, pagué la cuenta y me fui más amargado que culo de pepino.

El fin de semana, entre Powerade y Powerade que tomaba para pasar la caña, pensaba en la traición del Angustia y Los Siniestros. Fue inevitable hacer el símil con el ex Presidente Allende cuando ciegamente creyó en Pinochet, solo porque se lo había recomendado su leal amigo Prats.

“Todos somos Allende”, retumbó la frasecita en mi cabeza.  

Después pensé que tal vez me estaba enrollando, que se trataba de una broma de mal gusto y que la próxima semana todos nos reiríamos del retorcido jueguito. El lunes siguiente me fui raudo al trabajo para encarar al Angustia y Los Siniestros, tenían que pagarme las lukas y la vergüenza que me habían hecho pasar.

Al entrar a la pega me agarra el guardia de la empresa (otra vez, ya parecía chiste la wueaita) y me dice que el gerente general había dado la orden de hacerme esperar en el jol hasta que me llamara a su oficina. Marcó el anexo y éste de inmediato le ordenó que me escoltara a su despacho.

Para allá iba cuando veo a todos Los Siniestros juntos en la cafetería riéndose. Al verme pasar se pusieron serios y me miraron fijamente mientras yo avanzaba por el pasillo.

“Todos somos Allende”, explotó la voz en mi cabeza, como un bombardeo.

Estaban todos coludidos. Fue una trampa que me tendieron, pero ¿por qué el gerente me llamaba a su oficina?

Entré y lo vi echado hacia atrás en su sillón reclinable. Me hizo un gesto como para que me sentara y le pidió al guardia que se retirara y que cerrara la puerta.

¡Cómo pudiste ser tan maricón!, exclamó lanzando un grito apenas el guardia cerró la puerta. No entendía nada de lo que balbuceaba hasta que me acusó de haberle reenviado a su esposa los correos que él se enviaba con la secre.

Ahí lo entendí todo. El Angustia y Los Siniestros me habían hecho un Golpe de Estado Laboral y un bombardeo a Las Monedas de mi tarjeta de crédito. Recordé que ese día antes de salir al carrete vi la Angustia sentado en mi puesto usando mi computador; y al preguntarle qué hacía, me dijo que buscaba un mail que había borrado accidentalmente en su compu.

Todos sabían que yo era el sapo del gerente y habían planeado una venganza para sacarme de la empresa.

Cuento corto: El gerente me echó y también al Angustia y a todos Los Siniestros.  Después, cuando el directorio se enteró del espectáculo de los mails, echaron al gerente y a la secre.

En fin, todos somos Allende.

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