Se cortó la luz

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Mis recuerdos del 11 de septiembre (la previa en realidad) es que todo termina temprano. Ese día no hay cómo volver a casa. Ni micros, colectivos o taxis se aventuran a ir a la periferia. El que pasa el límite termina apedreado o en una fogata. Solo quedan los valientes manejando, que acarrean a vecinos valientes caminando por calles oscuras.

Todos llegan antes de las 18:00, si es posible. Se compran pilas para la linterna, se buscan palmatorias o botellas para las velas, lo que sirva para alumbrar. La comida se sirve temprano, porque lo más probable es que no haya luz para cocinar después. Tomamos once en la mesa. Nadie se levanta, por lo que esperamos a los que llegan tarde, con la cena. Generalmente es mi papá. Ya estamos los 4 y oscurece. Comienza la cuenta regresiva  antes que se vaya la luz eléctrica. También los recuerdos de mis papás de vivir en el centro para el ‘73 y escuchar el bombardeo, sin saber a qué distancia caerían y los días que siguieron.

Los 11  eran oscuros. El sonido de una cadena lanzada a los cables eran el anuncio de la penumbra. Si el lanzador era amateur, lograba que las luces dudaran un momento, hasta que alcanzaba a unir los cables. El último zumbido daba la bienvenida a la oscuridad.  Tuvimos una lámpara a gas, pero aunque alumbraba mucho, era peligrosa. Los pacos sospechan de una casa iluminada, así que la dejamos al fondo, en los dormitorios.

De la calle llegaba el aroma a neumático quemado, mezclado con ramas y palos, el olor a barricada. Al interior  de la casa está el olor a vela sacada de su paquete de papel azul.

El silencio solo es interrumpido por “El diario de Cooperativa está llamando”. Un “shhhhhh” general y todos callan. Sergio Campos comienza su relato de la noche. Algunos gritan “y va a caer” en la calle. Dura hasta que pasa un auto con baliza. Si pasa un auto sin baliza, tiene la misma duración.  Si aparecen los pacos, se escuchan los gritos de ¡corran! Gente corriendo por los patios. Gente corriendo por los techos. Vuelve el silencio.

Hora de dormir. 

Mis 11 fueron así. Como crecí con ellos, fue natural. Me pregunto cómo habrá sido para los adultos acostumbrarse a este horror forzado. No les quedó otra, supongo. El 11 era la romería que siempre terminaba con disturbios y lacrimógena. De vuelta al colegio el día 12, el olor asqueroso neumáticos tibios y la búsqueda de miguelitos como si fuera un tesoro.

El descubrimiento que existía un país paralelo fue en la  universidad. Ahí me di cuenta que para muchos era un pre-feriado dieciochero, un día como cualquier otro para salir y un claro desconocimiento de barricadas, neumáticos o miguelitos. Menos que no había luz.

Durante 18 años el 11 fue feriado. La democracia intentó convertirlo en el “Día de la Unidad Nacional” en 1999, dando feriado el primer lunes de septiembre. Duró un par de años. Finalmente quitaron el feriado, el 2002. Da lo mismo, porque el 11 aunque le quiten el rojo en el calendario, sigue siendo 11. El mejor ejemplo es la avenida que por 32 años llevó el nombre de ese día. Con una gran campaña ciudadana para devolverle su nombre original, la avenida “Nueva Providencia” le pena el 11 en las boletas que no entendían el cambio de nombre de su domicilio y de una generación que repitió tantas veces ese nombre, que lo considera parte del paisaje, como lo es para mi una barricada ese día.

Cuando me independicé, pasé el 11 en un lindo departamento en Providencia, a pasos de Av. 11 de Septiembre. Funcionaba el metro, había luz, los bares estaban abiertos y llenos.  De alguna manera extrañé el rito de mi casa: la oscuridad, velas, la mesa, comida, conversación. El contraste de  la mitad de la ciudad atrincherada, la otra viviendo como si nada pasara.

Ese 11, solo atiné a llamar a mi mamá. Conversé con ella hasta que interrumpe con un “se cortó la luz”. 

Sentí alivio. Una parte de esta ciudad tiene memoria, a su manera.

Foto referencial: Agencia Uno

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