Política de los afectos, defensa del resentimiento

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Los sentimientos asociados a la memoria de las violaciones a los derechos humanos suelen ser tematizados bajo un cierto deber ser, un régimen de los afectos socialmente aceptados. Incluso exigidos. Ese régimen, propio de los espíritus reconciliados, exige a las víctimas equilibrio, templanza, superación del pasado y hasta comprensión de las circunstancias y contextos de los victimarios. Acepta la pena, el llanto y la tristeza -emociones que pueden ser objeto de contención, consuelo y hasta de exhibición mediática-; pero rechaza los sentimientos disruptivos, provocadores o molestos como la ira, la rabia y el resentimiento que suelen irrumpir ante la impunidad de los crímenes y por ello, solo pueden ser disipados mediante la satisfacción de las demandas de verdad y justicia.

Acepta la pena, el llanto y la tristeza -emociones que pueden ser objeto de contención, consuelo y hasta de exhibición mediática-; pero rechaza los sentimientos disruptivos, provocadores o molestos.

Otras situaciones también detonan sentimientos similares que resultan perturbadores para sectores de nuestra sociedad. Es el caso de la indignada reacción de los habitantes de Quintero y Puchuncaví ante la visita presidencial, en medio de la crisis ambiental que se arrastra por décadas en ese espacio definido, sin eufemismo, como “zona de sacrificio”. Literalmente. Son las víctimas de esa y otras formas de sacrificio, y quienes se identifican con ellas, los iracundos, los que están fuera del estándar emocional esperado y son por ello calificados de “resentidos”.

Ante el reproche social y la violencia simbólica que este conlleva, muchas personas se sienten obligadas a aclarar que no tienen odio, o que no buscan “venganza”. Con demasiada frecuencia es necesario explicar algo que debería ser evidente para todos: que los crímenes no deben quedar impunes, que es legítimo y necesario exigir verdad y justicia, y persistir con porfía en ello, especialmente respecto de aquellos crímenes que por su gravedad, masividad y objetivos afectan a toda la sociedad y no solo a un grupo. O crímenes que no cesan, como la desaparición forzada.

Si bien el rechazo al resentimiento tiene un antiguo origen en la historia del pensamiento, en nuestro caso está muy vinculado a la política. Estuvo presente en el discurso de la dictadura, pero también en el de la iglesia católica y de las élites gobernantes, como parte de la reconciliación promovida tras largos 17 años de terrorismo de Estado e intensas luchas sociales y políticas. Como sabemos, los pactos de la transición requirieron la negación del conflicto, la clausura de todo horizonte de transformación social, y la naturalización de la convivencia con los victimarios, impunes durante décadas gracias a diversas formas de protección y complicidad.

Son las víctimas de esa y otras formas de sacrificio, y quienes se identifican con ellas, los iracundos, los que están fuera del estándar emocional esperado y son por ello calificados de “resentidos”.

Los valores asociados al mercado y al individualismo estimularon la indiferencia y la analgesia social contribuyendo a diluir la responsabilidad colectiva de la sociedad en la exigencia de verdad y justicia, tarea que hemos continuado llevando los “directamente afectados”. El exterminio devino así un problema nuestro, de “los familiares”. Como si este fuera un tema individual y no colectivo, como si las personas muertas y desaparecidas hubieran carecido de otros vínculos e identidades sociales y políticas, como si su aniquilación no hubiera constituido un politicidio -destrucción de un proyecto y sus formas de hacer política-, crimen inseparable del proyecto refundacional de la dictadura, preservado en democracia.

Con demasiada frecuencia es necesario explicar algo que debería ser evidente para todos: que los crímenes no deben quedar impunes, que es legítimo y necesario exigir verdad y justicia.

Ese es el contexto en el cual surge y persiste el resentimiento en nuestro país. Para Jean Améry, sobreviviente de los campos de concentración nazi, el resentimiento existe para que el delito “adquiera realidad moral para el criminal, con el objeto de que se vea obligado a enfrentar la verdad de su crimen” (Rossana Cassigoli, “El perdón y el resentimiento como formas de memoria y acción”, en VVAA, Una memoria sin testamento, Lom, Santiago, 2016; p.299). Y junto con él, una sociedad que no quiere ver. En la lectura de Améry que hace Rossana Cassigoli, el resentimiento no es un lugar para permanecer, es un instrumento: “En contra de la creencia extendida, el objetivo del resentimiento no sería perpetuarse, sino devenir el propio agente de su extinción”. Así, el resentimiento puede constituirse como una forma de resistencia, de acción orientada a hacer efectivo el compromiso y la responsabilidad social y política, necesarias para hacer justicia.

Gloria Elgueta es Licenciada en filosofía, integrante de Londres 38, espacio de memorias

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