Libertad y DDHH: dos notas del mismo acorde

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Por estos días se conmemoran 45 años del golpe de Estado y aunque nos duela reconocerlo, el tema continúa siendo una herida abierta. Desde lo humano, no podemos sino solidarizar con el dolor de tantas víctimas y sus familias, y aspirar a que más temprano que tarde puedan acceder a la justicia por la que tanto han luchado. Desde lo político, como Evópoli reafirmamos nuestro más inequívoco y profundo compromiso con la defensa de los derechos humanos, en Chile y en todo el mundo, y reconocemos y respaldamos la necesidad irrenunciable, tanto para las víctimas como para la sociedad toda, de avanzar decididamente en verdad, justicia y reparación.

Quienes acusaron que nuestro compromiso en la materia era prácticamente “hacerle el juego a la izquierda”, simplemente no comprenden la naturaleza misma de los DD.HH.

Para quienes nos definimos como liberales, el compromiso con los derechos humanos es absolutamente esencial. Liberalismo sin derechos humanos no es liberalismo: prácticamente nacieron juntos, de la mano de las revoluciones antimonárquicas de los siglos XVII y XVIII que buscaron ante todo poner un límite al poder político frente a los derechos de las personas. Como liberales creemos que cada persona debe gozar de libertad para perseguir su propio proyecto de vida, desde su propia visión de la felicidad, sin que ese proyecto se vea coartado o amenazado por el Estado o terceros. Al Estado, de hecho, le conferimos el rol fundamental de preservar la convivencia civil, por lo que la utilización de su aparato coercitivo debe restringirse sólo a sus funciones democráticamente asignadas y, justamente, para garantizar el libre ejercicio de nuestros derechos fundamentales.

No existe circunstancia, tiempo o justificación alguna que autorice dirigir la acción estatal contra la población civil, con la violencia y deshumanización que se ejerció en dictadura por algunos agentes del Estado. No hay contexto que permita legitimar que más de treinta mil de nuestros compatriotas hayan sido víctimas de crímenes atroces, como ejecuciones extrajudiciales, miles de desapariciones forzosas, prisión política y tortura. Es inhumano, y lamentablemente invisible para muchos, que más de mil familias todavía no conozcan el paradero de sus familiares desaparecidos, y eso debería avergonzarnos como sociedad. Reconocer, asumir y procurar la memoria de lo que ocurrió en nuestro país, es una obligación moral y política que nos obliga a todos quienes proclamamos la defensa de los derechos humanos como principio inherente a la dignidad de todo ser humano.

Los derechos humanos son un patrimonio que va más allá de la derecha y la izquierda: es un avance civilizatorio que favorece la sana convivencia cívica y creemos que debería ser tan compartido como la democracia; porque no existe democracia verdadera sin respeto, defensa y protección de los derechos fundamentales. Quienes acusaron que nuestro compromiso en la materia era prácticamente “hacerle el juego a la izquierda”, manifiestan simplemente no comprender la naturaleza misma de los derechos humanos, que no son reconocidos a favor de uno u otro sector o color político, sino que nos asisten y pertenecen universalmente a todos sin distinción alguna, como condición esencial de nuestra dignidad humana. El compromiso con los derechos fundamentales es un compromiso con el resguardo de la dignidad humana, y supone una acción constante en el tiempo, así como una mirada a todos los ámbitos donde aquellos pueden ser amenazados o violados, en particular respecto de aquellos grupos más vulnerables y vulnerados, como son los niños, niñas y adolescentes; los adultos mayores; los migrantes; los pueblos indígenas, o las personas con discapacidad.

No hay contexto que permita legitimar que más de treinta mil de nuestros compatriotas hayan sido víctimas de crímenes atroces.

Tenemos el desafío de participar de la creación de una “cultura de DDHH”, y reconocer que actualmente en Chile tenemos una responsabilidad por evitar que se sigan violando los derechos humanos, los que sin ser crímenes de lesa humanidad como en la dictadura y teniendo una categoria moral distinta, son igualmente graves. Porque se violan cuando institucionalizamos niños y adolescentes en el SENAME y sus organismos colaboradores, donde el Estado es groseramente incapaz de garantizar su vida e integridad personal. Se violan cuando las personas privadas de libertad son encarcelados en condiciones infrahumanas, hacinados y sometidos a graves atentados contra sus derechos, como torturas y violaciones, a vista y paciencia del Estado, que es responsable por su integridad personal. Se violan cuando migrantes son sometidos a discriminación, explotación laboral, hacinamiento o trata de personas sólo por soñar con mejores oportunidades para sí y sus familias.

Veamos en la reflexión franca y permanente sobre las violaciones del pasado un impulso que nos invite a abordar transversalmente los desafíos en materia de derechos humanos que tiene Chile hoy, y el resto del mundo. Ahí está nuestro futuro.

Hernán Larraín M. es presidente del partido Evolución Política

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