Historia, Memoria y la inmoralidad del golpe de Estado

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Hasta ahora las peguntas sobre la memoria política de Chile han sido tratadas como cuestiones de historia o de memoria. Falta un tratamiento filosófico moral, que evalúe el carácter (in)moral del golpe de Estado de 1973.

Como cuestiones de historia se las trata cuando se busca, infructuosamente, que los hechos nos hablen y digan “la” verdad sobre lo ocurrido; y se genere un consenso, por ejemplo, sobre si el golpe de Estado de 1973 era o no inevitable. Sobre esto el acuerdo no se ve posible, y el desacuerdo no es sólo con la derecha pues en la izquierda hay más de una versión al respecto. Por otra parte, a esas preguntas se las trata como cuestiones de memoria, cuando hechos como los crímenes de la dictadura —que no tienen más contexto que la propia dictadura— son representados para generar una cultura política democrática que pre-asegure un Nunca Más a las violaciones de los derechos humanos.

El tratamiento histórico está entrampado con el pasado reciente de Chile. ¿Cómo incorporar el golpe, la dictadura, o la figura de Pinochet a la historia de Chile? La mejor muestra de esta deuda es lo que ocurre con el Museo Histórico Nacional, donde la representación de Pinochet es una papa hirviendo, que ya costó la salida de una ministra. En su reemplazo, Mauricio Rojas, cual Judas, contribuyó sin saberlo ni quererlo, al ensalzamiento del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos.

Este no es un museo de historia, sino de memoria. Representa el gran triunfo de las fuerzas progresistas: ni de lejos se han realizado sus sueños de justicia social, pero se ha fortalecido el consenso sobre la inviolabilidad de los derechos humanos. Ello, evidentemente, no puede asegurar que —llegado el momento en que se renueven las fuerzas sociales para luchar por una sociedad más justa y se ponga a prueba el carácter democrático y constitucional de las fuerzas conservadoras— estos nuevamente no reprueben el examen y violen esos derechos. Aquí vuelve a ser relevante la historia, pues el golpe de 1973 no fue la primera vez que reprobaron ese examen y, posiblemente, no será la última. Por eso, no por alarmismo, hay que pensar cómo sería un golpe en el siglo XXI.

De ser necesario un museo de la democracia, este debiese ser un museo que convine historia y memoria: la historia del golpismo y sus violaciones a los derechos humanos, de todos los colores, para un Nunca Más al golpismo y sobre todo para la democratización y constitucionalismo de las FFAA, que no puede darse por sentado.

Un museo, en cambio, que hable contra la desestabilización del orden y la estabilidad social producto de conflictos sociales, por agudos y radicales que sean —como si esos momentos fuesen en sí mismos la amenaza a la democracia, y no oportunidades para su profundización— es un museo simplemente conservador y socio-históricamente inepto. Su mensaje sería igualmente una condena a la revolución antiesclavista de Haití, la revolución anticolonial americana, la revolución antimonárquica francesa o la primavera árabe.

Pero más allá de la historia y la memoria, hay una dimensión de enjuiciamiento ético moral que hace falta. Hay una justificación del golpe que repitieron personas como Patricio Aylwin y que ya estaba presente en el primer comunicado de la Junta Militar: el golpe era inevitable, porque era el único medio para evitar la guerra civil. La lucha contra el cáncer marxista es una justificación moralmente débil, comparada con la pretensión moral de que el golpe haya sido el “mal menor” para evitar un mal mayor (la guerra civil).

Pero el argumento falla y el golpe es simplemente un acto inmoral e injustificado. La ética de la guerra muestra que una intervención militar sólo se justifica (i) como la última alternativa, después de haber agotado todos los medios pacíficos, y (ii) si el mal que produce es menor que el mal que quiere evitar. Pero, de una parte, el golpismo estuvo presente en Chile desde el principio del gobierno de la UP (incluso desde antes) sin que se buscara alternativas democráticas y, de la otra, es difícil imaginarse que una guerra civil, que fue básicamente imaginada, pudiese haber durado 17 años, y haber tenido los horrores y el ensañamiento que tuvo el golpe y la dictadura. Este debate filosófico moral recién comienza.

*Mauro Basaure es Director del Programa de Doctorado de Teoría Crítica y Sociedad Actual, UNAB. 
Investigador del Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social, COES.

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