Hagamos memoria

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Cada año a medida que nos vamos acercando al 11 de septiembre, nuestra memoria comienza a funcionar y vamos trayendo al corazón, cada uno desde el lado “que lo experimente” las distintas vivencias respecto al 11 de septiembre.

Un pueblo que quiere ser tal, Pueblo, con mayúscula, no puede negar ni olvidar su memoria, es en base a ésta que puede seguir escribiendo su historia, que puede atreverse a heredar humanidad a las generaciones que vendrán…

Seguimos necesitando una iglesia fiel a su origen, que sea pobre y sencilla, que sea acogedora y amorosa, que sea liberadora y entusiasta, que sea la iglesia de Jesús

Nuestra iglesia chilena está tan sumida en los dolores y atrocidades que vivimos en el presente, que sin duda no son sólo de estos últimos años, sino de muchos años atrás. Que se nos ha pasado un acontecimiento tremendamente significativo, del cual este año hacemos memoria de su cincuentenario, y que bien vale la pena traerlo al presente, por lo que sus búsquedas y propuestas nos pueden iluminar el hoy, me refiero a la II Asamblea del Episcopado Latinoamericano realizada en Medellín del 26 de agosto al 8 de septiembre de 1968.

Medellín fue el origen y la cuna de la opción por los pobres (OP), fue allí que comenzó a hablarse con fuerza de la Iglesia de los pobres y de la teología de la liberación. Medellín transformó la conciencia de muchos y muchas, que se sintieron cautivados y representados en ese deseo de oír la voz de los más pobres, de hacer una opción por ellos. El espíritu, la búsqueda y la fuerza de Medellín inspiró a muchos y consolidó llamados que ya había realizado el Concilio Vaticano II; fueron muchas las familias religiosas que se sintieron inspiradas en su reflexión y quisieron dejarse “incomodar por el Evangelio de Jesús”, de modo de encarnarse más hondamente en la realidad de los más pobres, así partieron experiencias en pequeñas comunidades en sectores populares, se atrevieron a vivir la audacia de la Buena Noticia, fue ese testimonio que siguió cautivando a muchos y muchas, aún en los 80, entre los cuales me encuentro, que quisimos prolongar ese modo de ser iglesia junto con los más sencillos.

Con Medellín se entendió más completamente lo que era la justicia, un paso más profundo que la sola “caridad”. Y por ello que si hacemos nuestra la opción por los pobres debemos saber dónde pararnos, donde poner “nuestra tienda”. Medellín confirmó la necesidad de tener unos ojos críticos, una mirada más honda y encarnada de la realidad, y por lo mismo una mirada más comprometida. Y hoy nos podemos preguntar, hasta con tristeza ¿dónde quedaron esos ojos para poder continuar el camino?, porque la opción por los pobres no se agota en denunciar los abusos hacia los más necesitados, ni en condenar la injusticia en cómo viven en términos materiales.

Es una opción que debe prolongarse en nuestro caminar, y es así como debemos preguntarnos siempre, ¿Dónde están los más pobres? ¿Qué rostros van tomando?, van tomando el rostro de los migrantes, de los niños y niñas abandonados, de los pueblos originarios no respetados en su dignidad y cultura, de las personas LGBTI, de la mujer…

En los tiempos de la asamblea de Medellín la realidad tan elocuente obligó a arriesgar la palabra y pronunciarla, se tenía conciencia de que si no se hacía, no se avanzaba, o lo que es más triste no se era fiel al Espíritu… no cabía medias tintas o neutralidad y qué nos pasa hoy donde todo parece tan aguado, nos falta fuerza y convicción para visibilizar la palabra liberadora de Jesús, nos cuesta tanto arriesgar la palabra para salir en defensa de los que sufren , de los que lo han pasado tan mal, de tantos varones y mujeres que han sido abusados, por quienes tenían que defenderlos y cuidarlos!. Hemos dado pequeños pasos, pero no basta, el sufrimiento, el dolor de tantos/as exige más, exige cambios claros y rotundos, exige medidas de reparación certeras y adecuadas, exiges crear auténticos espacios de escucha y acogida.

Hoy, sin duda es otro momento, pero seguimos necesitando una iglesia que sea fiel a su origen, que sea pobre y sencilla, que sea acogedora y amorosa, que sea liberadora y entusiasta, que sea la iglesia de Jesús…no seamos ingenuos, nos han formado para que no seamos conflictivos, y que respetemos la autoridad, pero ¿a qué autoridad le estamos dando poder? ¿Ante qué autoridad nos estamos arrodillando?

Hagamos memoria agradecida de esos gritos por mayos justicia para los más pobres que quiso ser la asamblea de Medellín, y que se oigan nuestros gritos que van en defensa de los más pobres de hoy, de los que han sido humillados, golpeados, por actos aberrantes de algunos, y por silencios cómplices de tantos. Cuidar, proteger la vida de todos debe ser un imperativo para un/a católico/a.

M. Eugenia Valdés Ossa es religiosa del Sagrado Corazón de Jesús

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