El significado de la Unidad Popular

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Puede ser útil volver a reflexionar sobre la Unidad Popular, el golpe miliar del 11 de septiembre de 1973 y la transición a la democracia, ahora que se ha suscitado un interesante debate sobre la memoria y la historia. No es tarea de poca monta. Porque efectivamente el tiempo transcurrido es más denso en acontecimientos históricos que el simple cronometrar de los años.

Cuando hablamos del pasado, aunque sea inconscientemente, como afirmaba B. Croce, lo hacemos para sacar alguna lección sobre el presente y el futuro.

Es lo que nos dice en forma elocuente el gran historiador Eric Hosbawm cuando afirma: “el siglo XX corto acabó’ con problemas para los cuales nadie tenía, ni pretendía tener, una solución. Cuando los ciudadanos de fin de siglo emprendieron su camino hacia el tercer milenio a través de la niebla que les rodeaba, lo único que sabían con certeza era que una era de la historia llegaba a su fin. No sabían mucho más”.

Efectivamente, son muchos más los elementos de ruptura que los de continuidad entre lo ocurrido al final del siglo XX y el comienzo del siglo XXI, tanto en el plano económico, como político y cultural, y eso se refleja en la sociedad chilena. No se puede juzgar los acontecimientos y los actores de entonces con los criterios actuales. Sin embargo, es básico vencer la tendencia al olvido del siglo XX, como nos advierte otro gran historiador inglés, Tony Jud. No es totalmente verdadero como decía Hegel que la historia nunca ha ensenado nada a nadie y que al final las generaciones no aprenden de lo que ha pasado. Cuando hablamos del pasado, aunque sea inconscientemente, como afirmaba B. Croce, lo hacemos para sacar alguna lección sobre el presente y el futuro.

Volver a reflexionar sobre la UP y su época nos permite acumular experiencia y no volver a tropezar con la misma piedra.

Eran los 70 tiempos de utopía, marcados por la rebeldía de una generación que no había vivido la guerra y que buscaba nuevos horizontes más allá del progreso industrial. Incluso la China comunista era sacudida por la revolución cultural y en el bloque soviético se buscaban nuevos derroteros. La muerte del Che Guevara en Bolivia no acabó con las ilusiones de una generación que se revelaba contra la guerra de Vietnam y los asesinatos de los hermanos Kennedy y Martin Luther King en EE.UU. y solidarizaba con la revolución cubana.

El cambio parecía posible: había solo que extender la mano para recoger el fruto maduro de nuestros sueños.

Se decía que el “capitalismo estaba agotado”, que el esquema económico giraba en banda y que la sustitución de importaciones surgida en el periodo de la Segunda Guerra Mundial, ya no funcionaba como modelo de desarrollo para América Latina; entonces se intentó un “camino diferente” hasta que el bombardeo de La Moneda y la muerte de Salvador Allende fueron la comprobación palmaria y trágica que efectivamente una época había concluido y que se habría otra con un signo diametralmente opuesto al que nosotros habíamos imaginado.

Creo que sobre “las lecciones negativas” del periodo de la Unidad Popular se ha escrito lo suficiente, es decir, sobre los errores que es preciso evitar. Como botón de muestra la declaración del Partido Socialista que en uno de sus párrafos dice: “los socialistas hemos señalado, y lo reiteramos, que no hicimos lo suficiente por defender el régimen democrático. Nos propusimos llevar a cabo un programa de cambios que no contaba con las mayorías parlamentarias y sociales necesarias, mantuvimos intransigencia en la materia y no prestamos al Presidente Allende el apoyo que necesitaba de su partido para conducir el gobierno por los derroteros que había definido”. En otras palabras, el Presidente Allende no contó con la colaboración leal de su partido para conducir el proceso político que impulsaba.

Algo similar hizo G. Berlinguer, líder del Partido Comunista italiano, con sus famosos artículos en la revista Rinascita sobre los acontecimientos chilenos y el lanzamiento del compromiso histórico con el mundo DC. Por su parte, el Partido Comunista de la URSS y los partidos que le seguían, extrajeron las conclusiones opuestas: el origen del fracaso de la UP no habría estado, a su juicio, en la desproporción entre metas propuestas y la amplitud del frente social y político capaz de llevarlas a cabo, sino en la carencia de una política militar que hubiera sido capaz de impedir la intervención de las FF.AA. Esa fue también la tesis cubana desde antes del golpe militar. La triunfante revolución sandinista en Nicaragua parecía darles la razón.

Estas dos visiones ya anunciaban las rupturas posteriores dentro del movimiento comunista. El eurocomunismo estuvo influenciado por los acontecimientos chilenos, especialmente en Italia y en el Partido Comunista español a la sazón en el exilio.

Algo análogo ocurrió con la China Popular. No hay que olvidar que el periodo de Allende y los años posteriores coinciden con la revolución cultural, y que la visión actual de la dirigencia política china se encuentra en las antípodas de ese periodo al cual clasifican de “dictadura extremista”. Sin embargo, existe un documento poco analizado que daría para muchas reflexiones que es una extensa carta de Chou-en-lai a Allende si no recuerdo mal de 1972, donde le insistía en la necesidad de tomar en cuenta las fuerzas propias de Chile para realizar los cambios que se proponía.

No resultan con igual nitidez las lecciones que extrajeron las fuerzas agrupadas en la Internacional Socialista. Tal vez porque intentaron ver la “experiencia chilena” dentro de los parámetros de la social-democracia europea, y consideraron que los exabruptos rupturistas de la UP eran más bien consecuencias de 1968 en América Latina. Muchos de sus líderes vieron en la experiencia chilena la confirmación de lo que ellos mismos buscaban.

¿Cuál era el sentido más profundo del proceso político que Allende encabezo? ¿Por qué tuvo tanta repercusión internacional?

Fue el propio Salvador Allende el que se encargó de conceptualizar el sentido de la UP. Lo definió como “un segundo camino al socialismo”, radicalmente diferente al iniciado con la revolución bolchevique que había dado origen a la dictadura del proletariado en la URSS.

Comencemos por afirmar que sorprende volver a leer el Programa de la Unidad Popular. Asombra su vaguedad, la generalidad de sus postulados y sus propuestas, salvo las famosas 40 medidas en favor de los sectores más postergados o la configuración de tres áreas de la economía (pública, privada y mixta), la nacionalización del cobre y la profundización de la reforma agraria. Da la impresión que es más un manifiesto ideológico, una pancarta de trinchera, que un plan de gobierno. Es como si las fuerzas políticas no hubieran creído en la posibilidad del triunfo electoral o bien no hubieran sabido a cabalidad que hacer una vez alcanzado el poder.

Fue el propio Salvador Allende el que se encargó de conceptualizar el sentido de la UP. Lo hizo especialmente en su primer mensaje al Congreso Pleno. Lo definió como “un segundo camino al socialismo”, radicalmente diferente al iniciado con la revolución bolchevique que había dado origen a la dictadura del proletariado en la URSS. Distinto no solo porque se accedía al poder por el voto popular, sino porque éste se ejercía dentro de los marcos de un Estado democrático, lo que llevaría a un socialismo inédito, libertario, ni autoritario ni burocrático.

Se trataba de lo que habían soñado Marx y Engels para los países más desarrollados de Europa. La historia había dado la sorpresa con la revolución rusa, que pretendió unir oriente y occidente bajo las banderas rojas, cortando la cadena por el eslabón más débil, según afirmó Lenin. Ahora, en las antípodas del desarrollo capitalista, en un país del sur de América Latina, se buscaba retomar el hilo conductor de lo que habían postulado esos pensadores del socialismo moderno. Allende sostuvo: “lo que estaba pensado para que ocurriera en Francia, en Italia, en Alemania o en Inglaterra es lo que ahora va a suceder en Chile”.

Nada más y nada menos. Esta afirmación confirmo las inquietudes del gobierno de R. Nixon en los EE.UU., como el mismo Kissinger confiesa en sus escritos. El problema para los EE.UU. no era solo la influencia de la experiencia chilena en América Latina, sino especialmente el impacto que podía provocar en una Europa convulsionada a partir de 1968, alterando los equilibrios precarios de la guerra fría. No se podía permitir que cundiera la nueva receta de spaghetti con salsa chilena.

Algún analista aguzado podría sostener con razón que había una evidente desproporción entre el proceso político chileno y el significado que le atribuyo Allende. Pero muchos se entusiasmaron con su planteamiento socialista y libertario y volvieron los ojos hacia Chile. Se hablaba del “caso chileno”, como la posibilidad de un cambio profundo que no siguiera el derrotero del modelo estalinista. Había algo nuevo y sorprendente. No solo por el propósito perseguido, sino por el desafío a los EE.UU. mientras estaba en pleno desarrollo la guerra de Vietnam. Este fue el aspecto que más intereso a las fuerzas políticas del Tercer Mundo y en especial al movimiento de los No-alineados.

Si un paralelo se puede establecer con algún proceso anterior, es con la llamada Primavera de Praga guiada por Dubshek. Ahí también se buscaba otro socialismo compatible con la libertad. Se trataba de superar el estalinismo sin Stalin que impero después del XX Congreso del PCUS en que se denunciaron sus crímenes. También a la dirigencia del PC checo el proceso social se le escapo de las manos sin buscar una apertura posible, y no el máximo de libertad. Las tropas soviéticas entraron en Praga hace 50 años, y sellaron la suerte de una renovación profunda del llamado socialismo real. Triunfaron con las armas, pero fueron derrotadas en el espíritu, y al final eso es lo que cuenta.

Allende, en esa ocasión, condenó la invasión rusa y la consiguiente represión. Pero su posición no tuvo repercusión en el resto de la izquierda chilena.

El carácter original del proceso político de la UP no fue cabalmente comprendido por la dirigencia de los partidos políticos que la integraban. Unos seguían deslumbrados por la revolución cubana y pensaban en un camino revolucionario clásico, como sucedió con la mayoría del Partido Socialista y el MIR, que criticaba a Allende desde la izquierda, mientras que otros no advertían la contradicción que existía entre una etapa que llamaban de “democracia avanzada” y la adhesión al marxismo-leninismo y a las directrices del PCUS. Es lo que ocurría con el Partido Comunista, que coincidía con Allende en el gradual ismo de sus reformas, pero no en el sentido profundo de su política.

Existía, pues, una gran dificultad en conducir un proceso político cuyo significado no era compartido por sus principales dirigentes. No solo hubo entre ellos una permanente disputa política sobre las medidas y pasos que el gobierno debía adoptar, sino también una radical falta de comprensión sobre lo que Allende llamo el “segundo camino al socialismo”. Con el correr del proceso de la UP estás tensiones se fueron agudizando. No hubo tampoco un criterio único para enfrentar la crisis de gobernabilidad que se produjo a partir de 1972, ni para concordar una salida política que evitara la violencia.

Ninguna fuerza política chilena realizo una reflexión política previa similar al Congreso de Bad.-Godesberg de la SPD que la puso en condiciones de ejercer el poder en la Alemania Federal sin producir un cataclismo. Ya ese partido en las primeras décadas del siglo pasado había discutido en su seno sobre la vigencia del capitalismo dividiéndose entre las tesis de Kautsky, Rosa Luxenburgo y Bernstein. El tema de la crisis terminal de capitalismo fue recurrente en las fuerzas de izquierda durante la mayor parte del siglo XX.

La UP no debe ser evaluada sólo por sus éxitos y fracasos, sino principalmente por el afán de abrir paso, en las postrimerías de la guerra fría, a una sociedad más humana.

No se aceptaba entre nosotros la idea de la economía de mercado como un horizonte de trabajo posible. Se partía del agotamiento del capitalismo y de la inminencia de una forma nueva de organizar la sociedad. El punto era como producir el alumbramiento de lo nuevo y como seria esa sociedad. Por eso el debate sobre las tres áreas de la economía, punto clave del programa de la UP, lejos de ordenar la acción del Gobierno, llevó a mayores desencuentros que impidieron un diálogo fructífero con la DC.

En algunos partidos de izquierda había un evidente malestar por la distancia entre lo que querían hacer y lo que efectivamente hacían. Y eso era vivido como un límite inaceptable. Por eso se buscaba siempre reinterpretar los acontecimientos para que quedara claro que esos cambios tenían un sentido revolucionario. El uso de ese tipo de lenguaje y el pensamiento correspondiente no solo sembró confusión entre los partidarios de la Unidad Popular, sino sobre todo alarmo a los otros sectores políticos y sociales, y aparto del gobierno de Allende a las personas democráticas moderadas.

No había suficiente conciencia de las amenazas que asechaban a la democracia desde los sectores más conservadores de la sociedad, sobre todo cuando los EE.UU. parecían inclinarse a favor de soluciones militares a lo que visualizaban como expansión cubana, tal como había ocurrido en Brasil en 1964. Nixon intentó impedir por la fuerza la llegada de Allende a la Moneda.

Todo ello contribuyó a precipitar la crisis social – como diría Gramsci, unos ya no podían gobernar y otros no estaban en condiciones de hacerlo – y a dificultar cualquier salida realista y razonable de la misma que preservara el sistema democrático.

Entonces, de los años turbulentos de la UP podemos extraer como lección positiva que es necesario – ahora bajo las circunstancias de la globalización – perseverar en conducir los cambios históricos por caminos democráticos, sin prisa ni impaciencia, inspirados en los valores libertarios y en los derechos humanos, apegados a la realidad. Esta es sin duda la principal herencia del Presidente Allende, especialmente en el momento de su muerte en la Moneda, símbolo del sistema institucional chileno: defiende hasta el final el mandato constitucional recibido por el voto popular, el Estado de derecho y las libertades públicas. En su última alocución Allende manifiesta su esperanza que “otros hombre superen este momento gris y amargo” y sean capaces de “abrir las anchas alamedas por donde pase el hombre libre”. En ese instante su mirada esta puesta en el futuro.

Estado de derecho y las libertades públicas. En su última alocución Allende manifiesta su esperanza queotros hombre superen este momento gris y amargo” y sean capaces de “abrir las anchas alamedas por donde pase el hombre libre. En ese instante su mirada esta puesta en el futuro.

Tal vez eso explique la razón por la cual su figura ha trascendido las luchas del momento y hoy para las nuevas generaciones sea un símbolo de los valores que la dictadura militar negó. En cierta medida se ha desprendido de las circunstancias que provocaron el término de su gobierno y su propia muerte, y hoy ha pasado a ser patrimonio de todos los que buscan, en nuevas circunstancias, una sociedad mejor.

Los sufrimientos del pueblo chileno bajo la dictadura contribuyeron decisivamente a despertar la conciencia universal sobre la importancia de los derechos humanos concebidos en su integridad y universalidad, los que han ido siendo plasmados progresivamente en instrumentos internacionales eficaces. El socialismo se renovó y reafirmó su sentido democrático, lo que permitió el reencuentro de las fuerzas populares para vencer en el plebiscito de 1988 y luego impulsar un desarrollo democratizador de Chile.

Se trata, una vez más, de un camino original que se aparta, como diría A. Guiddens, de los cánones de la nueva derecha y de la vieja izquierda, que suscita polémica, controversia e interés. Al crecimiento económico se han unido políticas sociales a favor de los sectores más pobres que han contribuido a reforzar la cohesión social. No existe análisis desapasionado de América Latina que no reconozca la situación expectante de Chile, gracias a la recuperación de la democracia y a una acertada conducción política.

A diferencia de lo ocurrido hace cuarenta y cinco años, esta vez el camino seguido tiene mayor viabilidad, si bien no siempre sus dirigentes comprenden a cabalidad su naturaleza más profunda. Ha sido tan profundo su impacto, que incluso cuando la derecha ha vuelto al poder no se ha producido un cambio brusco de timón. El país ha encontrado un rumbo seguro de progreso. Por cierto hay nuevos desafíos, antiguas y nuevas injusticias y desigualdades, pero los parámetros del desarrollo democrático tienen hoy bases más sólidas.

Existen hoy, tanto o más que ayer, causas nobles por las cuales luchar. Hay nuevos horizontes de justicia, libertad y solidaridad y ellos han adquirido dimensión universal. Ciertamente, como he dicho, no se trata de revivir programas, marcos conceptuales o ideas históricamente superadas. La Up no debe ser evaluada sólo por sus éxitos y fracasos, sino principalmente por el afán de abrir paso, en las postrimerías de la guerra fría, a una sociedad más humana.

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