El plan imposible

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Me siento a escribir frente a la ventana. Los ciruelos estallan en flor, los naranjos y limones brillan cargados de frutos y la higuera con sus ramas secas y retorcidas parece danzar.

La enorme Araucaria, que quién sabe hace cuantos siglos fue plantada por misteriosas manos, oscuras probablemente, se recorta ante la Cordillera que se perfila apenas en las brumas de la tarde.

Es tal vez la única gracia que tiene envejecer, poder mirar y ver, porque los ojos ya logran, de tanto usarlos, una perspectiva tan abierta como los caminos del mundo.

Un paisaje tan chileno, tan mío, tan nuestro. Visto y vuelto a mirar mil veces, caminado, dormido, amado, perdido y recuperado una y otra vez.

Es tal vez la única gracia que tiene envejecer, poder mirar y ver, porque los ojos ya logran, de tanto usarlos, una perspectiva tan abierta como los caminos del mundo.

Y también es posible abarcar con ellos el tiempo. Ese tiempo que parecía lineal y en el que las cosas se iban sumando como los carros de un tren interminable, en orden y exactitud, pero que con el puro transcurrir de los años concluimos que era más bien un cerro inmenso de retazos, luces, sombras, olores, alegrías difusas y congojas presentes.

Una de ellas nació ese fatídico día 11 de Septiembre que quedó como una losa aplastándonos el alma.

Es curioso como se mantiene inamovible al paso del tiempo cuando hay ámbitos en los que hemos ido cambiando tanto. Por ejemplo las mujeres aprendimos a separar lo que la vida nos enseñó, de aquello que nos inculcaron y me admira que solo en un par de generaciones el salto puede ser tan enorme.

Yo nací cuando se nos educaba para ser dueñas de casa y el rol de la mujer no se discutía. La idea era sentarse a esperar que un hombre la eligiera a una, pues el único norte era el matrimonio y hasta eso lo decidían ellos. Bueno, eso pasaba en el medio en que nací, en otros era aún peor la perspectiva.

Terminé el colegio cuando ya el mundo había empezado a convulsionar. Se inventó la píldora, arrasó la mini, se descubrió la marihuana y estallaron revoluciones en otras latitudes. En medio de esa efervescencia llegamos, las más osadas, a la Universidad y a esa aventura colectiva que sacudió el polvo acumulado por siglos, colapsó las clases sociales y nos llevó a hacer trabajos voluntarios y a marchar cantando por las calles.

Abrazadas a amigos y parejas llenos también de la luz que nos inundaba a todos, se nos hacían cortos los días para tanta tarea pendiente. Nosotros íbamos a hacer de éste un país más justo, más bueno, más feliz.

Y mientras vivíamos alegremente el plan imposible, las tinieblas empezaron a despertar, lo que según nos cuenta la historia de nuestra patria, sucede cada tanto pero se olvida con infinita y rápida facilidad.

Fue así como vimos romperse en pedazos y sin transición, los amores, los proyectos, los anhelos y los cuerpos. La vida toda.

Ganaron. Ellos, los que querían que nada cambiara y que todo siguiera siendo como siempre. De su propiedad.

Pero no les bastó y se ensañaron. Toda humanidad fue postergada, toda compasión fue desplazada.

En el tiempo de un gemido, tuvimos que transitar la oscuridad más oscura, porque la crueldad puede ser un puente colgante en el que ni siquiera se divisa la otra orilla.

Tenían las armas, pero sobre todo tenían el miedo más inmenso a perder lo poseído y la rabia más brutal hacia aquellos que habían aspirado a la equidad. Los civiles azuzaban, pero se mantenían en la sombra, los uniformados, ciegos de tanta sangre que les saltó a los ojos, destrozaron a los que ni podían ver.

Y el mundo, para alivio de los mas poderosos, volvió a su cauce.

Se aplastó a los” rotos alzados” como solían llamarles, se exterminó a una generación de jóvenes generosos y conscientes y todo quedó inmóvil, hasta el día de hoy.

Pero bajo el hielo, el fuego del dolor se negó a extinguirse y renació encendiendo la pradera cada año, cuando el mundo vuelve a pasar por donde mismo, porque la porfiada memoria del sol no se apaga ni con el peso de la ceniza, ni con los años transcurridos. Y porque el daño causado es un pozo que atraviesa el planeta entero.

Siento una profunda lástima por los verdugos que están viendo llegar su hora, todavía ciegos de soberbia e intentando mil trucos para no enfrentar su responsabilidad. 

Siento que puedo estar orgullosa de nosotros, los jóvenes de entonces, los que soñamos utopías, pero utopías válidas, porque el camino del crecimiento del ser humano sí transita por esos pasos, no por los del egoísmo, la codicia y la falta de compasión.

Pero en mi ancha mirada hoy topo con ellos, los que provocaron de verdad el quiebre, porque cualquiera sabe que no fueron las colas, ni el caos, ni los obreros y campesinos. Fueron los fuertes, los insensibles, los que de la mano del imperio, llevaron a otros a hacer lo que ellos no se atrevían y hoy disfrutan de su éxito en clubes y balnearios, sin remordimiento alguno.

También, en mi cerro de retazos aparece el reflejo esos otros, aferrados, parapetados en una lealtad mal entendida, pagando por haberle hecho el trabajo sucio a los dueños y al vulgar ladrón capaz, en su loca codicia, no solo de asesinar civiles, si no algo impensable en cualquier ejército del mundo, mandar matar a sus superiores solo por hacerse con el poder.

Siento una profunda lástima por los verdugos que están viendo llegar su hora, todavía ciegos de soberbia e intentando mil trucos para no enfrentar su responsabilidad, aunque sea algo tan patético como apelar a la vejez, hacerse el enfermo o el desquiciado.

Presos tras sus muros sin ventanas ni primaveras, encerrados en su rígida línea de hielo e insistiendo en no asumir el dolor inmenso en el que sumergieron de por vida a cientos de familias, esas que aún intentan saber que hicieron con sus seres amados. Personas ya muy mayores, que con constancia y valentía conmovedoras, jamás han bajado los brazos en su búsqueda desesperada.

Ojalá los hombres de corazón duro sean capaces de reflexionar antes que les expire el plazo, si no lo hacen jamás se quebrará la losa de las almas y peor aún, serán los responsables ante la historia del oscuro futuro que han sembrado, porque la impunidad es un camino sin retorno que condena a los pueblos a volver a vivir los horrores una y otra vez.

A 45 años de la tragedia, no es el olvido de las víctimas lo que está faltando en este aniversario de ciruelos floridos y montañas nevadas. Es la conciencia de los victimarios y la de sus patrones, cómplices y encubridores.

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