El contexto del golpe era una democracia

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Han pasado 45 años desde el golpe de Estado de 1973 y la herida producida por la dictadura de 17 años sigue abierta. La necesidad de cicatrizarla, de empezar un diálogo franco entre ambos bandos, de ponerle atajo a una polarización que está llevando a Chile al despeñadero, parece cada vez más urgente.

El contexto del golpe era una democracia y los problemas inherentes a esa democracia no pueden servir para justificar ni el golpe militar ni los atropellos a los derechos humanos que se produjeron los 17 años que siguieron.

En estos días previos al triste aniversario se ha hablado del “contexto” en el cual se produjo el golpe.

Si pretendemos ser objetivos hay que partir diciendo que en aquel tiempo se vivía en un clima de extremada violencia política. Negarlo, desde la izquierda o desde la derecha, sería pretender tapar el sol con el dedo.

Los “cómplices pasivos”, a los cuales se refirió el presidente Piñera, se niegan a reconocer que de “pasivos” no tenían nada, eran cómplices activos, y salvo dos honrosas excepciones, la de Hernán Larraín y Andrés Chadwick, ninguno ha tenido la valentía de pedir perdón.

Recordemos solamente dos crímenes que estuvieron al centro de esa violencia: por la derecha, el asesinato del general René Schneider, el 25 de octubre de 1970, y por la izquierda el de Edmundo Pérez Zujovic, el 8 de junio de 1971. A ello habría que sumar atentados desde el MIR y desde Patria y Libertad; una derecha, apoyada por la CIA y el gobierno de Nixon, empeñada desde el primer día en derrocar a Salvador Allende (“¡hagan chillar la economía!”, gritaba Nixon); un clima de desorden que el gobierno no era capaz de controlar; había tomas en las zonas agrícolas e industriales que el gobierno intentaba negociar, pero sin éxito; vino el desabastecimiento que aprovecharon los comerciantes para el mercado negro y un día después del golpe los supermercados mostraban sus repisas llenas de productos.

Nadie podría negar que se trataba de un momento caótico. Pero se producía en el contexto de una democracia. Había prensa libre, que alimentaba las pasiones por lado y lado. Había un Congreso donde sus miembros debatían, a veces tirándose tinteros por la cabeza, pero en medio de la libertad de expresión que supone una institución democrática. Había una oposición a la cual se le permitía fiscalizar, exigir el cumplimiento de la Constitución, criticar al gobierno de la Unidad Popular desde la calle, desde sus diarios, desde el Senado. Y para enfrentar esa violencia política había mecanismos constitucionales, como el plebiscito que el propio Presidente Allende quiso convocar, pero no alcanzó, porque se le adelantó el golpe.

Este aniversario y esta discusión se produce en un Chile polarizado, donde los insultos vuelan, el negacionismo y los arreglines semánticos intentan escribir la historia de otra manera y parte de la izquierda, principal víctima de la dictadura, se niega a reconocer que los derechos humanos no tienen color político y se atropellan lo mismo en Venezuela, Nicaragua, Cuba o China. Pero estamos en democracia.

El contexto del golpe era una democracia y los problemas inherentes a esa democracia no pueden servir para justificar ni el golpe militar ni los atropellos a los derechos humanos que se produjeron los 17 años que siguieron.

Cuando se habla de “responsabilidades compartidas”, hay que tener claro que Salvador Allende no fue el responsable del quiebre democrático. La derecha, en cambio, propició, financió y apoyó, junto con el gobierno de Estados Unidos, un golpe militar que terminó con toda posibilidad de un entendimiento en democracia.

Este argumento, que ya parece un lugar común de tantas veces repetido, se va haciendo más claro en la misma medida en que la derecha se niega a reconocer su responsabilidad, los “cómplices pasivos”, a los cuales se refirió el presidente Piñera, se niegan a reconocer que de “pasivos” no tenían nada, eran cómplices activos, y salvo dos honrosas excepciones, la de Hernán Larraín y Andrés Chadwick, ninguno ha tenido la valentía de pedir perdón.

Este aniversario y esta discusión se produce en un Chile polarizado, donde los insultos vuelan, el negacionismo y los arreglines semánticos intentan escribir la historia de otra manera y parte de la izquierda, principal víctima de la dictadura, se niega a reconocer que los derechos humanos no tienen color político y se atropellan lo mismo en Venezuela, Nicaragua, Cuba o China. Pero estamos en democracia. Y esto último hace toda la diferencia. Podemos debatir, estar en desacuerdo, opinar sin que nos tomen presos, nos hagan desaparecer o nos exilien.

¿Por qué no aprovechamos entonces para reconocer que el golpe se produjo en un contexto democrático, que el Museo de la Memoria es un recordatorio de lo ocurrido a millones de chilenos cuando se quebró esa democracia y que bajo ningún motivo se pueden ni disculpar ni justificar los crímenes de una dictadura, en ninguna parte del mundo?

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