Columna de Manuel Maira: Hacer memoria

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Dorothea Jacoby vive en Berlín, en el barrio de Steglitz. Vive en la calle, a media cuadra del metro, en un cubo brillante y todos los días saluda a las personas que pasan por su casa. Supe que éramos vecinos cuando una mañana me tropecé con ella a la salida de mi edificio. Fue un día de principios de agosto cuando me quedé paralizado con su presencia. Llevaba más de un mes viviendo en Berlín, en su barrio, al lado suyo y no la había visto.

Dorothea debe ser la persona que más me ha impactado en el último tiempo. Me acuerdo de esa mañana que al toparme con ella, sentí algo parecido a un ahogo. En alemán me dijo apenas un par de datos de su historia y aunque no le entendí exactamente, supe que había vivido algo terrible. Le saqué una foto y luego investigué más sobre ella.

Dorothea Jacoby nació en Heydekrug, actual Lituania, y es la mayor de cuatro hermanas. Vivió la mayor parte de su vida en Berlín y nunca se casó. El 2 de febrero de 1943, fueron a buscarla para llevarla a la fuerza a Theresienstadt, en la actual República Checa. El lugar era uno de los más de 50 campos de tortura y exterminio armados por los nazis para matar a comunistas, masones, judíos, homosexuales, discapacitados, enfermos, afroamericanos y a cualquiera que consideraran fuera de la raza y doctrina aria. 

Al año siguiente de su captura, Dorothea fue asesinada. Tenía 89 años. Hablo en presente de Dorothea porque ella misma me contó lo del arresto y su asesinato en su Stolpersteine, ubicada en la misma dirección donde estaba la casa que compartía con sus hermanas en Berlín. Ella sigue viviendo ahí gracias al proyecto del artista Gunter Demnig que desde 1995 se dedica a incrustar unos bloques de piedra en las calles que corresponden a la dirección exacta donde vivieron las víctimas del nazismo. Los Stolperteine están cubiertas por unas placas de bronce de 10×10 centímetros con el nombre de la víctima, su fecha de detención más la fecha y lugar de donde fue asesinada. Lo dicen sin ambigüedades ni eufemismos. Fue “deportada” y “asesinada”. Los Stolpersteine sobresalen unos milímetros de la altura de la calle para que los peatones se tropiecen con la memoria de estas personas.

Desde el 2000 que en Alemania la instalación de los Stolpersteine está autorizada en un proceso que no se detiene. También se han instalado en Hungría, Austria, Holanda, Bélgica, República Checa y Noruega. Actualmente hay cerca de 70 mil Stolpersteine instalados en calles de más de 1.100 lugares de Europa y cerca de la mitad están en Alemania. Estos pequeños memoriales se hacen cargo de un episodio horrible para revivir a las miles de personas que fueron atropelladas por el espantoso régimen nazi. Un recuerdo con nombre y apellido para no olvidar las atrocidades de su propia historia. 

Mi hijo cumplió seis años en Berlín y está fascinado con la historia de la ciudad. Todos los días  pregunta detalles de las guerras, los presidentes, los militares, los muertos y sobre todo, de Hitler y cosas sobre el Muro de Berlín. Cuando andamos en la calle se entretiene buscando algún Stolpersteine que no hayamos visto antes. Cuando encuentra uno nuevo, me obliga a parar y leerle los nombres de las personas con sus fechas de detención y muerte. Le gustan porque “es la historia”. Luego me hace preguntas que sin quererlo, exigen reflexiones profundas y respuestas que a veces no encuentro.

-Papá, ¿en Chile hay de esos nombres en las calles? 

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