Animitas

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Desde pequeño me han gustado las animitas, las miraba con asombro.

¿Quién vivirá en esa casa pequeñita que a veces tiene una cruz arriba? ¿Habrá alguien ahí dentro? ¿Por qué tiene velas encendidas en la noche? ¿Por qué los que pasan por ahí la miran con tanto respeto?

Las animitas están repartidas por todo el país, de día flamean las banderas y el sol borra de a poco las fotos de quien se recuerda en ella, de noche las velas encendidas crean un espacio único de recogimiento, de belleza solemne y de compañía absoluta para el silencio.

En el norte, amparadas por el desierto, las animitas que he visto son más grandes, como monumentos de la memoria. Dicen que en la América prehispánica ciertos ritos mortuorios derivaron en lo que hoy conocemos como animita. Como decía don Oreste Plath se levantan “por misericordia del pueblo en el sitio que aconteció una mala muerte”.

En el norte, amparadas por el desierto, las animitas que he visto son más grandes, como monumentos de la memoria.

Las vemos en las carreteras solitarias, en las playas pegadas a las rocas, en caminos provinciales interiores, en los cerros.

¿Qué habrá pasado ahí, qué es necesario de recordar?

Los cuerpos son de los cementerios, a los que no vamos tan seguido como deberíamos, sin embargo, las animitas son alentadas en su existencia cotidiana por manos anónimas, familiares, amigos, vecinos, que creen que algo ha quedado ahí. Algo que no se debe olvidar.

Un alma en pena, que se resiste a partir, porque en el fondo no debió partir nunca.

La animita casi siempre hace una referencia a lo trágico, pero lo fatídico en este caso no tiene relación ni con lo asombroso de la religión, ni con el miedo que la muerte puede provocar en cualquiera de sus formas.

La animita es casi un espacio de contención, de reflexión y de cariño al alma en pena del cuerpo ya desaparecido.

En la zona central, incluso en algunas partes de Santiago, hay algunas que provocan mucho más que un solo recuerdo.

Animitas repletas peluches, juguetes, ropa, muñecas, placas en las que se pide o se agradece un favor concedido, incluso desde hace algunos años, bicicletas blancas aparecen en las esquinas recordando a los ciclistas fallecidos en accidentes.

Conmiseración y devoción popular. Ahí hay algo de nuestra identidad que insiste en volver y resiste el olvido, pelea contra el paso del maldito tiempo.

Alguna vez escuché en un seminario de la Biblioteca Nacional que la animita de Romualdito, quizá la más emblemática animita que esté en una calle céntrica, trató de ser removida cuando en el terreno donde está emplazada se instalaba un supermercado, que pretendía derribar el antiguo muro que la sostiene.

Resulta que ningún obrero, al enterarse de que era la animita de Romualdito, se atrevió a tocar la pared o remover sus placas incrustadas en los viejos ladrillos, ni ningún operario de máquinas se atrevió a tocar siquiera los adoquines que están al frente de la animita en la calle San Francisco de Borja casi esquina con la Alameda en Estación Central.

“Para mí, las animitas, son una de las más hermosas devociones: quien dejó su vida allí, se redime de todos sus males y, pasa a ser un mediador entre el hombre y Dios” comenta mi eterna maestra Micaela Navarrete.

Decían que estaban benditos, y que no se podían tocar.

Eso creo que pasa también con la memoria.

Hay algo bendito en ella.

Al sur de Chile, hacia la cordillera, se hacen presente los “descansos mapuches” en gran parte del territorio mapuche pehuenche. Un rito fúnebre muy potente que hace estar más cerca del recuerdo, en un ambiente más comunitario, pero no menos íntimo.

Dentro de los terrenos donde se vive, en medio de la naturaleza, cruces o casitas, velas u objetos. Casi siempre bajo un roble. El recuerdo, la memoria, la tierra, la lluvia y la montaña, son el sustento de la resistencia al olvido.

El descanso se hace luego del velorio y antes del traslado al cementerio del cuerpo. Participan familiares y autoridades ancestrales.

Cuando he visto los descansos mapuches en su cotidiano acontecer, veo que los familiares hablan con ellos (los que ya partieron) y les ofrecen alimentos, cigarros o les dejan los vasos servidos.

El espíritu, el alma, ahí tiene un lugar para descansar en su largo viaje, rodeado de quienes lo aman y recuerdan, para luego, volverse a encontrar todos en los sueños de las noches posteriores.

Entonces andar por Chile, ver las animitas y como se transfiguran, es muy potente. Es de las cosas que están ahí y no les prestamos ni la atención ni el respeto que se merecen.

Pero por otro lado creo también que las animitas están mucho más allá de lo que podamos entender como citadinos.

Y en realidad a las ánimas o a los descansados, bien poco les debe importar nuestra presencia u opinión sobre ellos.

En todo caso, al parecer la muerte nunca es un inesperado corte entre la materia y el espíritu, parece que vive en ambas y entre ambas.

Además, que la muerte, por mucho que se presente con antelación anunciando su indeseada visita, siempre es imprevista y demoledora para el entorno.

“Para mí, las animitas, son una de las más hermosas devociones: quien dejó su vida allí, en forma trágica, antes de su hora, se redime de todos sus males y, ya limpio, pasa a ser un mediador entre el hombre y Dios. Entonces se establece con él un trato sencillo y verdadero del tú a tú de intercambio de favores por regalos, ofrendas, fotografías o lo que lo recuerde” comenta mi eterna maestra Micaela Navarrete del Archivo de Literatura Oral de la Biblioteca Nacional.

Los muertos, todos los muertos, necesitan del mundo de los vivos para no morir finalmente. La necesidad de recordar es ancestral. A veces cuando paso por una animita ya anónima por lo deteriorada, busco algo por ahí, alguna foto que se haya volado con el viento, una carta o una bandera que haya quedado en los árboles, porque si no, al final, estaría ganando el olvido y nadie quiere ser olvidado.

En la animita hay una emoción encerrada, un sentimiento irradiado, la gran mayoría de ellas tiene una génesis espontánea, familiar pero popular, nunca institucionalizada, que parte desde el amor y lo trágico de no querer dejar partir, siquiera el recuerdo, del ser querido ausente.

Y de partidas imprevistas, desapariciones o cariños inconclusos, nuestro país sabe mucho.

Para mí, Chile es una larga animita.

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